El mito bíblico de la Creación dice que Eva fue creada a partir de la costilla de Adán, que fue un muñeco yvy (hecho de barro). Veamos: “Y Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó”. Este pasaje está en el libro del Génesis, capítulo 1, versículo 27. En el capítulo 2, versículos 21-22, detalla: “Entonces, Dios el Señor hizo caer al hombre en un sueño profundo y, mientras dormía, le sacó una de las costillas y le cerró otra vez la carne. De esa costilla, Dios el Señor hizo una mujer, y se la presentó al hombre…”. Agrega en el versículo 23: “… el cual, al verla dijo: ‘¡Esta sí que es de mi propia carne y de mis propios huesos! Se va a llamar mujer, porque Dios la sacó del hombre”.
Está claro que Dios creó a Adán “a imagen y semejanza”, pero no tanto, ya que solo el Creador era único y eterno, y dada su naturaleza “animal” (nace, crece, se reproduce y muere), Adán no podía perpetuar su especie por sí mismo. Entonces, el Señor tomó de su costado el pedazo de carne y hueso para hacerle una hembra. Así nació la primera pareja que daría origen a la especie humana, porque, al crear Dios a Adán, volviendo al capítulo 1, versículo 26, además de darle poder sobre todas las especies, en el versículo 28 le da este mandato: “… tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo”. Está claro que el fin de la pareja, el par, en la idea del Creador, era la procreación, para hacer posible la perpetuación de la especie.
Bueno. Todo iba bien en el Edén. Adán y Eva eran pares, correteaban alegres entre los demás animales, comiendo de los frutos que prodigaba la naturaleza edénica, menos –ojo, ¿eh?– de un árbol prohibido. Hasta que se cruzaron con la serpiente –el diablo metió la cola, como se dice– y esta le tentó a Eva a degustar de la fruta de aquel árbol, una inofensiva manzana, que Eva le hizo probar, a su vez, a Adán. Con ese acto de desobediencia –el Creador les había advertido que no lo hicieran–, se rompió la amistad con Él, este los expulsó del Paraíso y así aterrizaron en este valle de lágrimas.
El texto bíblico aclara que el árbol prohibido que daba ese fruto era del conocimiento del bien y del mal, y ese acto –que les abriría la mente al libre albedrío–, por la desobediencia, fue el pecado original. Un amigo me dijo una vez que el pecado original en realidad era el orgasmo. Vaya idea. Sin embargo, pensándolo más detenidamente, creo que tenía razón.
Aludo a este pasaje bíblico –ya que el 90% de la población del país, exceptuando a los incrédulos y de otras creencias, su fe se sustenta en esta tradición hebreo-cristiana– para tratar de entender el origen de la supremacía del macho, lo cual, obviamente, no se sustenta solamente en este Génesis. También deviene de la canallada y brutal superioridad física en cuanto a su condición de animal depredador.
Así, a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo, se ha visto y sufrido esta idea de superioridad del hombre, llamado el culmen de la creación, ante la mujer –presentada como la necesidad, el soporte para que este culmen no se venga abajo–, que se ha internalizado y ha permeado la educación, la política, el trabajo, toda la sociedad misma, perpetuando la cultura machista. Esto, fingiendo demencia ante lo obvio, que es sin la hembra, sin la mujer no hay vida, sin ella se extingue la especie, a menos que el macho… ya sabe.
Si de verdad el pecado original es el orgasmo, con ello se cierra el círculo alrededor de la mujer, que está para procrear, no para gozar del sexo. La libido es pecaminosa (para ellas), porque el hombre promiscuo goza (además) de alta estima y la mujer es su objeto sexual. Claro que estas son puras cavilaciones mías.
Sin embargo, pienso nomás que, si las mujeres que sobrevivieron al genocidio de 1870 se cargaron a hombros este país y repoblaron esta nación casi aniquilada, me pregunto por qué la cuasi desaparición de la población masculina fundamentó más el machismo.
Ya navegamos un cuarto del siglo XXI y esta idea anacrónica se sigue deglutiendo víctimas en su forma más brutal: en solo dos años y casi diez meses, en nuestro bendito país, 130 mujeres fueron asesinadas por sus pares (el hombre/macho) y 170 sobrevivieron; es decir, 300 mujeres víctimas de estos monstruos.
Es hora de desmontar esta plaga con el cambio de paradigma en la educación, porque está visto que solo con los papeles o leyes no bastan, no les amedrentan.