08 may. 2026

Entre inundaciones y kurijus

El agua sube y la ayuda no llega. Una boa se metió en la casa y devoró 4 gallinas, hasta que Ña Claudelina la descabezó de un machetazo. La vida en el Chaco es dura, pero sopla un viento de esperanza.

Por Andrés Colmán Gutiérrez
andres@uhora.com.py
La crecida del río Paraguay llegó al norte con su canto de penas y angustias, como canta Maneco Galeano. En la isla Santa Bella, 32 kilómetros aguas arribas de Concepción, dos de las siete familias moradoras han tenido que irse a tierra firme, pero los Piris decidieron quedarse a “pleitear” con la naturaleza, como lo han hecho toda su vida.
“El agua nos liquida, pero también nos da vida”, sentencia Claudelina Brítez de Piris, mostrando los cinco ejemplares de pacú que sus hijos atraparon en el río, y que les permitirá comer durante varios días. Los pescados compensan los cultivos de mandioca, maíz y batata que se perdieron al inundarse la pequeña chacra familiar, y las cuatro gallinas que se comió una boa kuriju, que hace unos días llegó al lugar arrastrada por la creciente.
“Me dí cuenta de que mis gallinas habían desaparecido y las busqué por todas partes. Adentro de nuestro dormitorio estaba la kuriju, enorme, enroscada. Agarré un machete y le corté la cabeza de un golpe. Todavía tenía restos de las gallinas adentro. Era grande, medía como tres metros”, cuenta.
Ña Claudelina asegura que esta kuriju sí era verdadera, y no como la que recientemente inventó otra mujer, de unos diez metros, que supuestamente devoró a su marido en la estancia Karaja Vuelta, a pocos kilómetros del lugar.
La belleza paisajística de la isla contrasta con la pobreza casi extrema de los moradores. Claudelina y su esposo, Salvador Piris, viven con sus nueve hijos en un modesto rancho de palmas de karanda’y, a pocos metros de ser alcanzado por las aguas.
"¿Ayuda? No, nunca jamás en la vida alguien pisó este lugar a ver si necesitamos algo. Para el Gobierno, para las autoridades, nosotros no existimos. Aquí, en el Chaco, cada uno se defiende por sus propios medios”, explica Salvador, mientras exhibe sus manos callosas de obrajero norteño.
Una precaria canoa es su único vehículo. La lancha Aquidabán, que pasa una vez a la semana, les permite viajar hacia la civilización.

“Solo tenemos palmito para comer”
Con sus 44 años de edad, Roberto Bogarín, indígena enxet, trepa con agilidad por el delgado tronco de una palmera de karanda’y, y con un certero golpe de machete le corta el cogollo de la punta. Luego desciende y recoge del suelo el trozo, que será su almuerzo y su cena del día.
Roberto vive con su esposa Marta en una precaria choza, a orillas del río Paraguay, en la propiedad de la estancia Karaja Vuelta, a 44 kilómetros al norte de Concepción. Se han mudado allí cuando las aguas crecidas inundaron su anterior vivienda, en las cercanías de Puerto Colón.
“Yo preparo el palmito de karanda’y frito en una paila, con grasa de pescado, y eso comemos. No hay otra cosa. A veces mi marido consigue matar algún animal silvestre con su fija (lanza), y entonces nos alimentamos mejor. Aquí no hay trabajo, no hay ayuda, no hay nada”, refiere Marta.
Roberto muestra una ajada libreta laboral para demostrar que fue peón de estancia desde 1947. Hoy ya no puede conseguir empleo, pero no siente tristeza. “Nos hallamos acá, con lo poco que tenemos, y confiamos en que la situación pueda mejorar”, destaca.