“Estuvo bueno el mensaje del papa Francisco sobre que ‘los niños no son nunca un error, que son responsabilidad de todos y que los padres no deberían sentirse solos en su tarea’”, comenta la estudiante, mientras se acerca a la parada, uniformada y con la mochila sobrecargada, acompañada por un adulto. Todavía es temprano y la inseguridad exige ese resguardo.
Dos niñitos se acercan semidormidos agarrados de su madre. Se une un hombre con elementos de trabajo que revisa su sencillo celular. Pasa el ómnibus cargado hasta la escalerilla de adelante. “Atrás había lugar”, dice la madre y revisa el reloj.
La estudiante hace revista de las últimas novedades de la clase de física. “No va a ser fácil el examen”. Se cerciora de que en el bolsillo tenga el medio pasaje justo más el boleto estudiantil, listos para ser entregados al chofer al abordar el ómnibus. “Si no le das justo, te cobra de más”, se queja.
Siguiente colectivo que no para. Este ni siquiera está lleno. El chofer hace un ademán de parar y la señora con los niños se acercan, pero no pueden subir porque ya arranca abruptamente el ómnibus chatarra.
El hombre de las herramientas baja de nuevo la mirada y sigue atento a su celular.
Amanece y el tráfico es ya intenso. Uno de los niños se inquieta y la madre parece querer apurar con la mirada el paso del siguiente camión de pasajeros. Este llega a la esquina, sube el hombre de las herramientas como puede, pero el chofer ya no alza a la estudiante ni a la familia que aguardan hace más de media hora.
¿La excusa? No se sabe, hay lugar, pero quizás el chofer no está de humor para servir a sus conciudadanos.
La frustración ya es notoria en los pasajeros que aguardan. “A mis compañeros les hacen lo mismo”, explica la estudiante. Por enfrente del grupo pasan dos jóvenes uniformados que van a probar suerte más adelante. “Es que si ven que somos varios, no pararán jamás”, sentencia.
Viene otro colectivo, los chicos que se adelantaron ya están dentro. Sube la estudiante. La madre y sus niños no tienen la misma suerte porque el chofer no para lo suficiente para alzarlos...
En las rutas y calles vecinales de toda la Gran Asunción los estudiantes y las familias pasan a diario este maltrato.
Algunos ya están en la calle a las cinco de la mañana para llegar a tiempo a su colegio. Varios de ellos son niños pequeños.
Ojalá alguna vez entendamos mejor lo que significa el dolorido llamado del Papa: “Con los niños no se juega”.