Mientras el pres
Por Mario Rubén Álvarez
alva@uhora.com.pyidente de la República, Nicanor Duarte Frutos, está a la vanguardia de una batalla campal de insultos, los campesinos ya no saben qué hacer para sobrevivir.
Las agresiones verbales y las reacciones que provocan son un buen ardid para ocultar los graves problemas que aquejan al país, en particular a los más desamparados, aquellos que ya no saben a qué abogado recurrir para que su olla hierva con algo dentro.
“Oréko la télepe oje’éva na’oremongarúi”, decía en un programa radial un agricultor, para dar luego un frondoso listado de las tribulaciones que pesan sobre los hombros y, sobre todo, aprietan los estómagos.
Para la propaganda oficial, anclada en el “éxito” de la macroeconomía, la situación no es tan dramática ni desesperante como pinta la prensa. La flaqueza de ese argumento es que sus beneficios no han descendido al nivel del bolsillo de la gente.
Los que todavía no han emigrado al cada vez más ancho cinturón de pobreza de la capital o no han hecho préstamos para intentar entrar a España, pasan momentos críticos. Aquellos a los que les sobran ánimos para dedicarse al cultivo de subsistencia, con la sequía de julio y agosto, están descorazonados: cada vez el pan de la mesa es más reducido y más distanciado. Si no fuera porque “recurso –léase habilidad, mañas–, ha akêkê nunca ndopái”, la situación campesina hubiera sido ya más grave.
Si habláramos de los cañicultores, la historia es amarga. La caña dulce está lista para ser llevada a los ingenios. Los bajos precios y el contrabando, sin embargo, están matando a los que en cada zafra esperan resucitar, pero solo son enterrados a mayor profundidad. Las poblaciones que se mueven en torno a los ingresos de ese rubro están al borde del colapso.
¿Qué va a pasar cuando llueva y, teóricamente, es el tiempo de la siembra en el campo? Hace tiempo que el panorama del algodón es negro. El sésamo nunca abrió puertas alternativas. El ka’a he’ê todavía no despegó. En cuanto a cultivos de renta para los pequeños productores, no hay opciones.
El Ministerio de Agricultura, hasta hoy, no se preocupó en serio por la desgracia de los que hubieran sido atendidos con prioridad. Cada ministro que llega promete el máximo empeño para encontrar salidas a los campesinos. Lo usual es que, en un abrir y cerrar de ojos, se vayan sin dejar ningún rastro que encamine al optimismo.
En medio de todo esto, los que quieren respuestas y no discursos, seguirán escuchando con qué esmero, con cuánta dedicación, el presidente escoge las palabras para denostar contra la prensa, la Iglesia y sus adversarios políticos.
Si así como habla se dedicara a buscar salidas a los chokokue, la historia sería diferente. El Paraguay no es un país pobre sino empobrecido por la corrupción y la falta de interés de los gobernantes que, una vez electos, se olvidan del pueblo que les votó.
Los agricultores no quieren escuchar si alguien le rinde culto al sueño y al bostezo o si la Iglesia Católica tiene más pecados que el mismo Satanás.
Lo que quiere que llegue a sus oídos como esa fresca brisa que precede al aguacero es que el fruto de su sacrificio va a tener un precio justo; que bajan los precios de la carne vacuna, la leche, el arroz y la galleta. Que habrá ingresos suficientes para comprarlos del almacén de don Cristino. Y que sus hijos tendrán asegurado su futuro. El resto no le interesa.