28 ago 2026

El Ykua de la Virgen da vida a la más antigua vendedora del Pozo

Por Luján Román

La elegida.   Doña Luisa Fariña ofrece su producto estrella: la botella de la Virgencita Azul.

La elegida. Doña Luisa Fariña ofrece su producto estrella: la botella de la Virgencita Azul.

De ofrecer las más deliciosas hamburguesas caacupeñas hechas de butifarra y pan, Luisa Fariña pasó al rubro de las botellas para que cada peregrino que acuda a visitar la Villa Serrana lleve el agua de sanación de la Tupãsy.

Desde hace 38 años la atyreña, que se convirtió en caacupeña a fuerza de trabajo, sabe que su lugar está al lado de la Virgen. Así, cada domingo religiosamente, doña Luisa arma su puesto ambulante en la placita ubicada frente a la réplica del antiguo templo conocido como Tupão Tuja (iglesia vieja).

En las cercanías de la fuente natural de agua bendita, doña Luisa es conocida por ser una de las vendedoras pioneras. A días del 8 de diciembre, la comerciante más antigua del Pozo cuenta que pronto otras personas, como su hermana Ángela (de 81 años), que fue la segunda en sumarse al mercadeo en el Ykua, otras se animaron a vender de todo para ganarse la vida.

La vendedora recuerda que el Ykua dejó de ser lo mismo cuando monseñor Demetrio Aquino expulsó a los vendedores del lugar, en los años 80, cuando fuera edificada una pequeña réplica del templo en honor a la Virgencita, que había sido demolido en 1980 para la construcción del nuevo santuario. Hoy se mantiene esta prohibición.

La vendedora toca las arrugas de sus dedos y recuerda a los primeros mesiteros que se apostaron en los alrededores del Ykua. “En ese tiempo éramos pocos vendedores; ahora estamos muchísimos; mirá nomás, ya no hay espacio para todos”, menciona.

desde 1975. “Para todos los bolsillos hay botellas, a 2.000, 3.000, 5.000, 8.000, 10.000 y G. 12.000”, recita con voz reposada la pequeña abuela de 71 años que florida alegra la vista en la plaza. “Ohove ko G. 5.000 ovalea, upéa ohovoi” (se lleva más la que cuesta G. 5.000). Debido a su edad, comercializa artículos menores.

Desde que sus hijas se marcharon a España, doña Luisa cedió a su nieta el puesto de comidas que tenía y desde ese entonces más familiares se unieron a la venta ambulante; gracias a esto Luisa pudo dar todo a sus siete hijos.

“Che avendemimi ko´ã botella, ndaimekuaái la mba´apo´ýre. Añeñandu vai apytaro che rógape. Amanoréitevara ko upépe (No sé estar sin trabajar. Me siento mal, si me quedo en casa, voy a morir de balde ahí)”, confiesa la septuagenaria que se resiste a alejarse del Ykua porque como ella bien sabe todavía la gente “compra la Virgen”, “ojejoguáiti la Tupãsy”.