23 abr. 2026

El viento y la cresta de la ola universitaria

Por Blas Brítez – @Dedalus729

Blás Brítez

Blas Brítez

En 1987, Benjamín Arditi y José Carlos Rodríguez, en La sociedad a pesar del Estado, comparaban al movimiento universitario paraguayo con el aire. “Inesperados como el viento, pocas veces violentos, su poder parece inasible, tan inconstante como reincidente”, anotaban en los años finales de la dictadura stronista. Puesto uno a ubicarlos con obreros y campesinos como agentes de cambio, los estudiantes forman parte de un sector sin relación directa con demandas relacionadas con la supervivencia, con el salario o la tenencia de la tierra, por lo que suele ser menospreciada su fuerza transformadora. Pero los estudiantes, en Paraguay y en América Latina, no pocas veces también son asalariados y, en mucho menor medida (lo cual pinta a las claras la demografía universitaria y su democracia), provenientes de familias dedicadas a la producción agrícola.

Lo que sucedió la semana pasada en la Universidad Nacional de Asunción fue uno de esos vientos huracanados que lo sacuden todo de manera imprevista, pero irrebatible. Luego de denuncias periodísticas de hechos de corrupción, que ya eran un secreto a voces entre los estudiantes, y de manifestaciones multitudinarias en el campus de la UNA, el rector Froilán Peralta tuvo que renunciar y presentarse en la Fiscalía que lo imputó. Los verdaderos protagonistas de ese hito fueron los universitarios: con su vigilia, con hacer las veces de cancerberos que protegían documentos que intentaban ser hurtados, con su tozudez e imaginación juveniles.

En 1996 y 1999, las tomas del Rectorado y de facultades como Filosofía, exigiendo una reforma universitaria y denunciando a la rosca, las movilizaciones estudiantiles coincidieron con intentos de quiebre democrático, con el militar Lino Oviedo como personaje indómito. En 2005, las manifestaciones durante la Asamblea Universitaria, que pretendía modificar los Estatutos solo para perpetuar a los decanos y el rector en sus cargos, terminaron con represión policial e imputación fiscal a estudiantes. Esto en un contexto de criminalización de la lucha social en las ciudades, y con el campo sitiado por militares, policías y agentes fiscales. Hoy mismo la desafección de Peralta tiene una carga política inocultable.

Fueron, como hoy, momentos claves en la cresta de la ola de la transición. Pero en medio de ellos, siempre hubo universitarios con los ojos bien abiertos en el abismo de la educación paraguaya, dispuestos a reclamar aranceles cero, denunciar corrupción, exigir presupuesto o una reforma total para una universidad pública y de calidad. Ellos saben que, más allá del ojo mediático que en otros tiempos los ninguneaba o denominaba poco menos que terroristas, esta primera de otras esperables conquistas no es el resultado de la casualidad.