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El tributo del templo

 

Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 17, 22-27.

Los primeros cristianos no solo fueron buenos cristianos, sino ciudadanos ejemplares, pues estos deberes eran para ellos obligaciones de una conciencia rectamente formada, a través de las cuales se santificaban.

Obedecían a las leyes civiles justas no solo por temor al castigo, sino también a causa de la conciencia, escribía San Pablo a los primeros cristianos de Roma. Y añade: Por esta razón –en conciencia– les pagáis también los tributos.

Como hemos aprendido de él (de Cristo) –escribe San Justino Mártir, a mediados del siglo II–, nosotros procuramos pagar los tributos y contribuciones, íntegros y con rapidez, a vuestros encargados (...). De aquí que adoramos solo a Dios, pero os obedecemos gustosamente a vosotros en todo lo demás, reconociendo abiertamente que sois los reyes y los gobernadores de los hombres, y pidiendo en la oración que, junto con el poder imperial, tengáis también un arte de gobernar lleno de sabiduría.

El papa Francisco, a propósito del Evangelio de hoy, dijo: “(...) San Pedro no tenía una cuenta bancaria, y cuando tuvo que pagar los impuestos el Señor lo envió al mar a pescar un pez y encontrar la moneda dentro del pez, para pagar.

La Iglesia no es una oenegé. Es otra cosa, más importante, y nace de esta gratuidad. Recibida y anunciada. El Reino de Dios es un don gratuito. Desde los orígenes de la comunidad cristiana existió la tentación de buscar afuera, lo que causa confusión, pues en esos casos el anuncio parece proselitismo, y por ese camino no se avanza.

Pidamos al Señor la gracia de reconocer esta gratuidad. Gratuitamente han recibido, den gratuitamente. Reconocer esta gratuidad, aquel don de Dios. Y también nosotros avanzar en la predicación evangélica con esta gratuidad”.

(Frases extractadas de http://www.homiletica.org y https://www.pildorasdefe.net/liturgia).

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