Mi nombre es Silvestre Carmona. Nada le dirá a usted este nombre, señor Fiscal General; yo mismo me esforcé en olvidarlo a través de las desventuras de los años. Soy el ex coronel Silvestre Carmona, de la Guerra Grande. Luché en ella hasta el último combate de Cerro Corá, que acabó con la guerra y nuestra nación cuando el enemigo asesinó vilmente al Mariscal Francisco Solano López, presidente de la República y generalísimo de nuestro ejército.
Esa mancha cayó también sobre mí, entre los pocos sobrevivientes de aquella hecatombe en que se inmoló a todo un pueblo. Tal fue mi peor castigo: sobrevivir en la tortura de una condena sin término. La vida entonces es peor que la muerte. ¿Puede acaso el que sobrevive hacerlo sentado plácidamente sobre una media verdad, ésa que queda sobre un solo filo del sable?
Pese a mis antecedentes, y no obstante el papel que me correspondió en el desenlace de aquella tragedia que duró cinco años, no habrá leído usted una sola línea sobre mí en la multitud de folletos, memorias, crónicas e historias que se escribieron - que usted mismo ha escrito- sobre la Guerra Grande.
Muchos nombres me han dado, junto con la limosna pública; motes más propios para despertar la burla, que la piedad o la compasión. Esto último habría sido aún más cruel para mí, no menos que la consideración y el respeto. Imagínese usted al coronel Silvestre Carmona pavoneándose, casi octogenario, con las insignias de sus condecoraciones, con los recuerdos de cien combates y batallas durante la Epopeya Nacional.
En cada tramo de mi vida, el destino hizo de mí lo contrario de lo que habría querido ser. Desde mi niñez amé el mundo del espíritu, los goces del estudio y la soledad. Podría decirse que la única pasión de mi vida fue la paz, y se me dio la guerra como signo de mi vida. Odié la milicia; terminé siendo un jefe intrépido. Fui condenado, yo el cobarde, a ser un bravo entre los bravos, como ahora soy un despojo entre los despojos.
La identidad de un hombre - usted lo sabe mejor que nadie, señor Fiscal- radica no en cómo se llame ese hombre o en cómo lo llamen, sino en lo que ha hecho. Lo que producimos vuelve sobre nosotros, y están aquellos que prefieren mirar el destino cara a cara. Yo lo hice una sola vez en un parpadeo; volví la espalda a esa visión intolerable. Ahora la veo por un espejo oscuro (según la atroz visión del Evangelio). Pero aquella vez vi naufragar en el arroyo del Aquidabán-nigüí, en la persona de su Jefe Supremo, lo que restaba de un pueblo, de nuestra nación, convertida en un inmenso osario.
Los paraguayos continuamos sumidos aún en aquella interminable pesadilla, como entre el polvo de una gran catástrofe de recuerdos. Permítame usted, se lo digo sin maledicencia, señor: todos seguimos mirando en el delirio de una fiebre fría en torno a esa inmensa tumba, los ojos pesados de tierra; enfermos de una profunda enfermedad en la que los vivos se diferencian muy poco de los muertos: si éstos no saben que han muerto, los vivos no saben que viven. Cada uno es más viejo de lo que es; cada uno, su propio antepasado. No existen contemporáneos ni sucesores. Simplemente, un día el alma no existió más; pero también fuimos abandonados por nuestro cuerpo; abandonados por todo sentimiento posible en el hombre, hasta por la última de las esperanzas permitidas. Así, falazmente, una tranquila desesperación también pesada de tierra entró a empapar nuestra sangre, a vaciar nuestra memoria de todo, salvo de aquella visión más propia de fantasmas que de hombres.
No piense, empero, que yo pretenda abusar de su paciencia, embaucarlo con mis chocheces de viejo. Sin memoria y sin lengua, sólo puedo escribir; poner lo más mío, lo más oculto de mí, en lo que hay de más ajeno a uno: la palabra escrita. Lo bueno de lo escrito, sin embargo, es que uno lo deja de lado y desaparece. Con sólo desviar la atención y la mirada de lo escrito, eso se borra, se extingue. En cambio, lo hablado perdura. Los sonidos de la voz se acantonan en las costuras del alma. Vea usted la diferencia: mi nombre, por ejemplo, ha desaparecido de las crónicas de la Guerra Grande con el último secreto de ella que está enterrado en mí. Pero yo continúo oyendo, estremecido hasta los huesos, el grito terrible que exhaló al morir el Mariscal; ese alarido de furia y condenación con que se fulminó a sí mismo antes de que los negros asesinos del Imperio troncharan cobardemente su vida.
La imprecación también me atravesó a mí como un lanzazo. Contra el cielo negro de pólvora, rajado por el fulgor de las descargas, sentí que, a partir de ese instante, mi corazón bombearía en vez de sangre la cicatriz de aquel grito para siempre.
He tardado en morir. Pero mucho después que mi cuerpo se convierta en polvo, aquel grito seguirá resonando en él.
No es más difícil ser pordiosero en la plaza de un mercado, que coronel en el caos de una batalla perdida; sobre todo, cuando esa batalla es la última y la causa de la independencia de una nación se convierte en el fin de esa nación.
Soy el mismo viejo a quien usted ha arrojado más de una vez, al pasar, monedas y hasta billetes de un peso, en la recova del mercado y los domingos en el atrio de la Catedral. Me ha visto tal vez, pero no me conoce. Tendrá que estirar la suela de su paciencia, señor Fiscal General, y leerme del principio al fin.
Me dirijo a usted por las funciones de su cargo, pero también porque se ha destacado como uno de los más empecinados detractores del Mariscal Francisco Solano López. He leído su libro; no le honra a usted.
Declaro bajo juramento que digo como verdad lo que escribo en este testimonio. Voy a revelar como verdad un secreto que concierne a un momento crucial de nuestra nación, herida de muerte en el calvario de Cerro-Corá, el 1º de marzo de 1870.
Se preguntará usted por qué he tardado tanto tiempo en hacerlo. ¿Puede el que sueña una pesadilla contarla sin estar despierto? ¿Lo estoy ahora? Es posible, señor. Conocemos las cosas en los sueños; las ignoramos en la realidad. Pero también las obsesiones envejecen, se descarnan. La culpa dura siempre más que el remordimiento. Y por fin, ahora, la tenaz parálisis de mi voluntad, de mis huesos, ha ido cediendo en un lento deshielo. Me ha costado retomar el hábito de escribir. Muy torpe aprendizaje es el que precede en poco tiempo a la inmovilidad definitiva. Uno olvida las palabras y lo que realmente quieren significar. Para peor, los cabos de lápices y la carbonilla que se consiguen en estos lugares, no ayudan a precisar los rasgos.
Debo comenzar por el principio. Nací en la villa de San Pedro, el 20 de septiembre de 1840, el mismo día, mes y año en que murió el Dictador Perpetuo José Gaspar Rodríguez de Francia.
(*) Fragmento. Extraído de Memorias de la Guerra del Paraguay, con reproducciones de cuadros de Cándido López. Editorial Servilibro y Sin Frontera Ediciones, 2009.
Hoy el autor de Yo el Supremo hubiera cumplido 92 años de vida. Para recordarlo, qué mejor que el fragmento de un texto suyo muy poco difundido y que fue recientemente reeditado en Paraguay.
Augusto Roa Bastos
Aniversarios