30 may. 2026

El Paraguay late con fuerza en las villas de Buenos Aires

No hay registros reales de cuántos paraguayos viven hoy en la Argentina. En el censo de 2001 se anotaron 325.036 residentes legales, pero hay un número mayor. Y cada día siguen llegando más.

Por Andrés Colmán Gutiérrez
andres@uhora.com.py
Desde la ventanilla del taxi de Juan Vicente Irrazábal se observa el obelisco, imponente, pero adentro suena la polca Galopera. Hay una estampita de la Virgen pegada al parabrisas. “Hace 42 años que vine a la Argentina, pero no puedo dejar de escuchar la música paraguaya ni dejar de rezarle a mi virgencita, que me guía en mi recorrido por estas peligrosas calles”, dice el taxista.
Oriundo de Ypacaraí, Irrazábal vive en Avellaneda. “Tengo siete hijos a los que estoy tratando de darles la mejor educación, algo que en el Paraguay sería muy difícil. Nuestro país está muy mal, cada vez uno se encuentra con más y más paraguayos que vienen a la Argentina en busca de trabajo, y que dicen que allá no hay nada que hacer. A mí me gustaría volver a mi patria, pero sé que allá no voy a tener la vida digna para mis hijos que aquí pude conseguir”, relata.
TECHAGA?U. En Asunción no se escuchan guaranias o polcas paraguayas en un bar. En Buenos Aires, sí. Sobre las calles Salta y O?Brien, en Constitución, hay varios boliches donde la María Escobar de Oscar Pérez y La Alegre Fórmula Nueva resuena a todo volumen. Junto a las mesas hay hombres y mujeres que beben cerveza o vino barato con gaseosa, mientras cantan a pulmón cada estrofa, con el techaga’u a flor de piel.
En las marginales calles de Buenos Aires, la patria es un sueño difuso, una incógnita cotidiana. En las villas de Retiro, La Matanza, Fiorito, Ciudad Escondida o Fuerte Apache, los expulsados, los desheredados, los condenados a marcharse lejos del país en el que nacieron, se ven obligados a redescubrir lo mucho que aman a la patria que dicen odiar, a la patria que los hizo a su imagen y semejanza para de sí arrojarlos.
“Vine de mi pueblo, Maciel, en Caazapá, cuando tenía 16 años. Me trajo una tía para trabajar como empleada doméstica. Sufrí mucho, no conocía nada, pero aquí aprendí a salir adelante, trabajando con mucho sacrificio”, cuenta Zulma Ortiz, quien formó pareja con el argentino Sergio Ríos, ex combatiente en Malvina y hoy miembro de la Policía Federal.
Cada día entre 50 y 100 paraguayos y paraguayas bajan del tren o del micro en la estación Retiro, cargando una ajada valija de cuero, o un gran bolso de cuerina negra, donde caben todas sus escasas pertenencias y todos sus sueños, todo su dolor del pasado y toda su ilusión del futuro.
OLVIDO. Vienen desde compañías rurales distantes y olvidadas. Algunos ni siquiera tuvieron la oportunidad de conocer Asunción y el choque cultural de encontrarse en la gran urbe porteña los golpea con violencia.
Hay quienes tienen suerte y consiguen enseguida un puesto de albañil en una obra de construcción o un empleo de doméstica “cama adentro” en algún hogar argentino.
Se aguantan las ganas, trabajan duro y logran ahorrar dinero suficiente para enviar a la familia que se quedó en el valle, para que vean que el sacrificio rinde sus frutos.
“Nunca quise salir de mi país, pero allá no me dan alternativas”, admite Juan de la Cruz Brandell, uno de los miles de obreros paraguayos que trabajan en la construcción, en Buenos Aires. “Aquí nos sacrificamos, pero al menos tenemos derechos y dignidad”, destaca.
Otros deambulan sin encontrar lo que buscan. Duermen en plazas o pasillos, hurgan en los tachos de basura para comer, aprenden a ser cartoneros, linyeras, pibes chorros, atorrantas, minas fáciles, yiros, vendedores de paco, embaucadores.
Se aferran a los símbolos culturales del nacionalismo más estereotipado que alguna vez despreciaron: el sabor crocante de la chipa, el gusto amargo de la yerba mate, un trapo tricolor húmedo y en jirones, una foto amarilla, una estampa de la Virgen de Caacupé, una polca jahe’o o una cachaca estruendosa en un boliche.
Cualquier detalle que les haga sentir la cercanía de la patria que está lejos.