Por Andrés Colmán Gutiérrez
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Mau es el título de ingeniero civil con el cual el ahora ex viceministro de Tributación, Andreas Neufeld, firmaba las resoluciones oficiales para aparentar lo que no es, y de paso cobrar unos cuantos millones extras del erario público, que no le correspondían. Las reiteradas denuncias periodísticas y la eficaz labor investigativa del fiscal Martín Cabrera han conseguido demostrar que la simulación y el engaño constituyen una de las más institucionalizadas formas de corrupción.
Mau son los aproximadamente medio centenar de títulos, diplomas y certificados de estudios que el tenaz agente fiscal ha detectado hasta ahora, en una igualmente abrumadora cantidad de jefes y funcionarios públicos que se inventaron profesiones para delinquir, incluyendo a falsos médicos y falsos odontólogos que en forma criminal han estado lucrando con la necesidad de personas humildes, poniendo en grave riesgo la salud de la población, ante la absoluta falta de control de las autoridades sanitarias.
Mau es una palabra que viene del portugués, y que se traduce como “malo”, pero ni en Brasil ni en Portugal este vocablo tiene todo el rico y vasto significado que ha adquirido en el Paraguay, a fuerza del uso popular. Aquí mau significa falso, ilegal, pirata, trucho, corrupto, robado... y muchas cosas más.
Durante su reciente visita a la Libroferia de Asunción, el destacado escritor y periodista argentino Martín Caparrós comentó que lo que más le fascina de Ciudad del Este es la absoluta perfección en la masiva falsificación de productos que se ofertan en la calle y en comercios fronterizos. Cuando lo mau adquiere una dimensión casi industrial y un grado tal de maestría, uno ya no sabe si lo verdadero es lo falso, o si lo falso es lo verdadero.
Pero Ciudad del Este es solo la cara más mediática del país mau. Hace rato que el Paraguay entero se ha vuelto copia de sí mismo, territorio pirata, simulación elaborada, versión trucha de un país original que quizás se ha perdido irremediablemente, o acecha escondido en algún recodo del futuro, esperando ser hallado por sus hijos más dignos y verdaderos.
Mientras, todo –o casi todo– sigue siendo mau.
Mau son los autos que continúan llegando clandestinamente desde el otro lado de la frontera, sin documentos, sin identidad ni origen, a veces con sangre todavía fresca sobre el flamante tapizado, blanqueados por una red mafiosa.
Mau son los registros de conductor que se compran bajo encargo en muchos municipios. Mau es el chofer que maneja sin preparación alguna, potencial asesino del volante. Mau es el policía que transa para dejarlo escaparse. Y mau es el proceso judicial que nunca se le hará.
Mau son los relojes y perfumes, cedés y devedés, artículos electrónicos e informáticos, bolsos y calzados, licores y cigarrillos, que se venden en la frontera, en los puestos ambulantes, en las ferias y en los mercados.
Mau es la leche aguada y el gas licuado de petróleo.
Mau son los medicamentos que expenden las farmacias mau. Mau son las pesas de las balanzas de algunos comerciantes que siempre dan menos por más. Mau es el asfalto con que se rellenan los baches de nuestras calles y que se diluye como el Nescafé bajo una tenue llovizna. Mau son los semáforos que no funcionan. Mau es la boleta de contravención que el zorro gris nunca escribirá a cambio de la coima.
Mau es el pasado que nos venden los libros de la historia oficial. Mau son las noticias que inventan algunos medios de comunicación. Mau son las leyes que se aplican sin haber sido promulgadas nunca, y mau las que sí existen pero nunca se aplican.
Mau son los políticos por quienes votamos en las listas sábanas. Mau son las promesas electorales que nos venden en cada campaña. Mau es la esperanza que nos regalan.