En 2023 están programadas tres presidenciales, en Paraguay (abril), Guatemala (junio) y Argentina (octubre), a las que se podría sumar el adelanto de la peruana como intento de salida de una abierta crisis de gobernabilidad. Ellas se desarrollarán en el “ciclo de la pandemia”, abierto en 2020 y signado por la convergencia de crisis, sociopolítica, económica, sanitaria, derivadas de la pandemia de coronavirus y que han acentuado el malestar ciudadano con las instituciones y las autoridades.
En el ámbito electoral, las características de esta fase son una participación disminuida; las dificultades del oficialismo para conservar el poder y el buen viento para la oposición, sea tradicional o encarnada por un outsider; el auge de una retórica defensiva de valores morales tradicionales; el crecimiento de las redes sociales como cancha de la política y las campañas. Lo más probable es la continuidad de esas tendencias, aunque, en cada país, se conjuguen de manera distinta y puedan producirse excepciones.
El escenario más definido se halla en Paraguay, tierra de uno de los últimos bipartidismos históricos que subsisten en América Latina. En una contienda que se anuncia ajustada, tal como ocurrió hace un lustro, rivalizarán Santiago Peña, del oficialista Partido Colorado, ganador de seis de las siete elecciones desde el retorno a la democracia, y Efraín Alegre, líder de una coalición que reúne organizaciones de derecha e izquierda, pero articulada alrededor del Partido Liberal. El margen de sorpresa de terceras candidaturas parece reducido. En juego: la permanencia colorada en el poder o la segunda alternancia en más de tres décadas.
En una ola poco propicia para los gobiernos, el Partido Colorado tiene bazas por jugar, incluyendo una estructura con alta capacidad de movilización territorial y fuertes recursos. Peña confía en que su pertenencia al ala opositora del partido le permita retener a los insatisfechos con la promesa de la alternancia dentro del mismo espectro. Al frente, Alegre procurará canalizar la ambición de cambio que deja la insatisfacción con el funcionamiento de la democracia y el Estado, agravada por las sanciones norteamericanas contra jerarcas colorados por corrupción.
En Guatemala, hay bastante menos certezas. En uno de los sistemas políticos más volátiles y fragmentados del mundo, ningún partido ha conseguido reelegirse, ni siquiera regresar al poder: todos y cada uno de los partidos gobernantes han sido distintos. El deterioro democrático, con cierres para la libertad de expresión, débil independencia judicial frente a los poderes fácticos e infiltración del crimen organizado, forma el telón de fondo. Las chances del oficialismo parecen exiguas. Por ahora, despuntan en las encuestas dos mujeres con trayectoria política, Zuri Ríos, hija de un presidente militar, y la ex primera dama Sandra Torres, más progresista. Ellas y los otros aspirantes todavía deben completar la validación de la candidatura, una etapa que ha probado no ser un mero formalismo, como ilustró la inhabilitación de Thelma Cabrera, una voz crítica contra el statu quo y próxima a los movimientos indígenas. Como ha ocurrido invariablemente desde la instauración democrática, todo apunta a una resolución en segunda vuelta.
De las tres elecciones, la de Argentina posee el padrón más grande y corresponde a una de las principales economías regionales, aunque arrastra una inflación y devaluación altas y endémicas, que lastran las perspectivas del crecimiento, generan frustración y obligan a continuas negociaciones con los organismos internacionales.
Hay numerosas incógnitas en la ecuación electoral. Si Paraguay y Guatemala prohíben la reelección, Argentina la autoriza, pero las opciones de Alberto Fernández, si decide presentarse, parecen modestas. Esto no significa que el oficialismo esté descartado de la lucha pues la abigarrada galaxia del peronismo posee la habilidad de promover una candidatura que reivindique el balance gubernamental –si se concretan evoluciones positivas– como otra que enfatice las críticas –en la situación opuesta–. La oposición tendrá que conciliar sus propias disputas, tanto en el ala liberal como en la que surge en las fronteras del sistema político, con un mensaje frontal. Todavía reina el suspenso sobre quiénes figurarán en las boletas. Recién, de a poco, se destapan los candidatos que deberán pasar por el tamiz de unas primarias con gusto de presidencial anticipada por su carácter simultáneo para los partidos y obligatorio para la ciudadanía.
La política latinoamericana continuará rediseñándose a partir de los resultados de estas presidenciales, pero seguirá bajo el signo de la incertidumbre y las tensiones.