Si tomamos la política en un sentido amplio, la misma es la actividad más noble que puede realizar el ser humano.
Es noble porque para ejercerla se necesita de idealismo, se necesita soñar con una sociedad mejor.
Es noble porque para ejercerla se requiere vocación de servicio, dedicando tiempo, energía y talento, para que la gente pueda vivir mejor.
Es noble porque su objetivo, su fin último, es velar por el bien común.
La política como una actividad que tiene dos tiempos: el tiempo electoral y el tiempo de gobernar. Ambos tiempos son necesarios y legítimos; ambos tiempos son complementarios, aunque con características diametralmente opuestas.
El tiempo electoral es el tiempo de la “indefinición”, porque hay que conseguir el dinero de la minoría pudiente para financiar la campaña y el voto de la mayoría pobre para ganar la misma. Ambos con discursos totalmente diferentes.
El tiempo de gobernar, sin embargo, es el tiempo de la “definición”, el tiempo de tomar decisiones y de gestionar, que significa planificar, organizar, ejecutar y controlar.
El tiempo electoral es el primer paso, es la antesala necesaria para luego poder gobernar. Pero cuando ese tiempo invade todo, estamos ante la perversión de la política, porque el medio ha reemplazado al fin.
A esto se le llama “electoralismo”, que según el Diccionario de la Lengua Española significa “Preponderancia de las motivaciones puramente electorales en el ejercicio de la política”.
El “electoralismo” es el abuso de lo electoral, perdiendo de vista el bien común, que es el fin último de la política.
Esto es lo que nos ha pasado en el Paraguay desde el advenimiento de la democracia.
Este “electoralismo” ha invadido a los partidos políticos que hoy, en su mayoría, son máquinas electorales totalmente vacías de contenido.
La iniciativa de los partidos de izquierda de impulsar una enmienda a la Constitución para permitir la reelección de Lugo y las fuertes internas en la ANR y en el PLRA, pensando en las elecciones del 2013, son algunas pruebas de esta afirmación.
Este electoralismo ha invadido a los medios de comunicación, que dedican gran parte de sus espacios a informar sobre los diferentes candidatos y movimientos y a generar o alentar la polémica entre estos.
Sin embargo, es mínimo el espacio dedicado a debatir y obtener consensos sobre cómo armonizar el crecimiento económico, con una mejor distribución de la riqueza y con el cuidado del medioambiente.
Este electoralismo ha invadido la sociedad civil, que también, en su gran mayoría, limita el ejercicio de su ciudadanía al simple acto de votar.
En este momento el Paraguay está creciendo económicamente gracias a la extraordinariamente favorable coyuntura internacional y a un sector privado dinámico y competitivo.
Pero este “viento de cola” que nos llega del exterior va a desaparecer en un futuro cercano y los problemas de infraestructura y de recursos humanos van a ser cada vez más acuciantes.
Podemos crecer solo unos pocos años con un sector privado competitivo y una coyuntura favorable. Pero para desarrollarnos, es decir para crecer sostenida y sosteniblemente durante décadas, necesitamos de la política.
“Un político es aquel que piensa en las próximas elecciones y un estadista es el que piensa en las próximas generaciones”, decía James Freeman Clarke.
Personalmente no comparto dicha frase, porque muestra como excluyentes el pensar en las próximas elecciones y pensar en las próximas generaciones.
Un político, un buen político, tiene que pensar en las próximas elecciones y las próximas generaciones.