15 jul 2026

El Consenso de Pekín

El crepúsculo de Wall Street, símbolo de la dominación financiera de Estados Unidos; el ascenso económico y financiero de China, que supo sacar provecho de la división internacional del trabajo para emprender un desarrollo autónomo; los poderosos movimientos de izquierda en América Latina o la afirmación de una diplomacia india, son muestras de un vuelco en las relaciones internacionales. Al mundo unipolar y dominado por Occidente sucede una nueva política marcada por la multiplicación de actores influyentes. Los Estados, en primer lugar.

Éstos son algunos nuevos hallazgos de los periódicos durante el verano boreal de 2008, justo antes de que se desencadenara el huracán que está devastando al planeta financiero: el número de internautas chinos superó al de los estadounidenses, y Estados Unidos ya no representa más que el 25% del tráfico de internet, contra más de la mitad hace diez años; los intentos para reanimar las negociaciones comerciales internacionales de la Ronda de Doha fracasaron, especialmente a causa de que India y China rechazaron sacrificar a sus agricultores, ya empobrecidos, en el altar del libre cambio; y durante la crisis de Georgia, Rusia defendió sus intereses nacionales en el Cáucaso, sin tener en cuenta las protestas de Washington.

Estos diversos hechos, entre muchos otros, son un testimonio de la recomposición de las relaciones internacionales, con el fin del dominio absoluto de Occidente, que se había impuesto en la primera mitad del siglo XIX. El desplome actual del sistema financiero sólo puede acelerar este movimiento de repliegue occidental. “El fin de la arrogancia”, titulaba el 30 de septiembre el semanario alemán Der Spiegel, con este subtítulo: “Estados Unidos pierde su papel económico dominante”. Por una de esas ironías, cuyo secreto guarda la Historia, este interludio ocurría a menos de dos décadas del desbande del “campo socialista” dirigido por la Unión Soviética, con el aparente triunfo de los principios de la economía liberal.

Profetizar siempre es peligroso. En 1983, dos años antes de la llegada de Mijail Gorbachov al Kremlin, Jean-François Revel predecía el fin de las democracias, incapaces de luchar contra “el más temible de sus enemigos externos: el comunismo, variante actual y modelo acabado del totalitarismo”. Algunos años más tarde, Francis Fukuyama anunciaba el “fin de la historia”, con el triunfo absoluto del modelo estadounidense-occidental. Después de la primera Guerra del Golfo (1990-1991), muchos observadores entreveían el alba de un siglo XXI estadounidense.

Quince años más tarde, otro consenso comienza a ver el día, esta vez más cercano, según parece, a la realidad: estamos entrando a “un mundo pos-estadounidense”. Así lo reconoce el Libro Blanco sobre la defensa y la seguridad nacionales, aprobado por el Gobierno francés en junio de 2008: “El mundo occidental, es decir, principalmente Europa y Estados Unidos, no es más el único poseedor de la iniciativa económica y estratégica, en el sentido que todavía tenía en 1994".

Sin ninguna duda, Estados Unidos permanecerá, por largos años todavía, como la potencia dominante, y no sólo en el plano militar. Sin embargo, habrá que tener en cuenta la emergencia de centros de poder en Pekín y Nueva Delhi; en Brasilia y Moscú. El fracaso de las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el callejón sin salida de la crisis nuclear iraní, así como las peripecias de las negociaciones con Corea del Norte, confirman que Estados Unidos, aun aliado a la Unión Europea, no es capaz de imponer sus puntos de vista, y necesita otros socios para resolver las crisis.

Podríamos agregar a estas nuevas potencias toda una serie de actores que, en su descripción de un “mundo no polar”, evoca Richard Haass, un ex alto dirigente de la Administración de Bush (padre), luego del Departamento de Estado, y actual presidente del Council on Foreign Relations (Nueva York): Haass enumera, desordenadamente, a la Agencia Internacional de Energía (AIE), a la Organización de Cooperación de Shanghai, a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y sus organizaciones regionales; a ciudades como Shanghai o San Pablo; a los medios satelitales, de Al-Jazeera a la CNN; a las milicias, desde Hezbollah a los talibanes; los cárteles de la droga, las organizaciones no gubernamentales... Y concluye: “El mundo de hoy experimenta cada vez más un poder distribuido antes que una concentración del poder”.

De cualquier manera, los Estados, cuyo decaimiento se había previsto por las embestidas de la globalización, reclaman su lugar bajo el sol. China, India, Rusia y Brasil afirman sus ambiciones y cuestionan el orden internacional que los marginaba. Otros países, desde Irán a Sudáfrica, pasando por Israel, las naciones sudamericanas, Indonesia, aunque con aspiraciones más limitadas, defienden con determinación sus intereses “egoístas”.

Ninguno de estos Estados está animado por una ideología global, como lo estaba la Unión Soviética. Ninguno se presenta como un modelo alternativo. Todos han aceptado, en mayor o menor medida, la economía de mercado. Pero ninguno piensa en transigir con sus intereses nacionales. Cada uno pelea, en primer lugar, por el control de sus materias primas minerales, que se han hecho más escasas y más caras - principalmente, el petróleo y el gas- , para proteger su capacidad de alimentar a su población con una producción agrícola insuficiente y amenazada por el recalentamiento climático. En segundo lugar, protegen sus intereses geopolíticos, basándose en una visión política y en una historia muy larga: Taiwán y Tíbet para China; Cachemira para India y Pakistán; Kosovo para Serbia; Kurdistán para Turquía. Estos conflictos no se anulan con una globalización feliz, sino que, por el contrario, movilizan más que nunca a grandes masas, y no está cercana su extinción.

¿El “Consenso de Washing-ton” será reemplazado por el “Consenso de Pekín”? Este último se podría resumir, según su inventor, el economista Joshua Cooper Ramo, en tres teoremas que definen la manera en que un país del sur puede ubicarse en el tablero mundial: poniendo el acento en la innovación; en la necesidad de tomar en cuenta no sólo el crecimiento del Producto Nacional Bruto (PNB), sino la calidad de vida y una cierta forma de igualdad que evite el caos; y, finalmente, en la importancia que se otorga a la independencia y a la autodeterminación en las decisiones, y el rechazo a dejar a otros (especialmente a las potencias occidentales) la posibilidad de imponer sus puntos de vista.

Este concepto ha planteado muchos debates y críticas - por ejemplo, saber si China ofrece en realidad un “nuevo modelo”, cuando allí las desigualdades crecen, y ha aceptado inscribirse en la globalización- . Pero permite comprender que, como nunca desde la descolonización, los países del sur tienen la posibilidad de llevar a cabo políticas independientes, y encontrar socios - tanto Estados como empresas- no alineados con la visión de Washington. Se tejen nuevas relaciones, como lo prueban las cumbres China-África y la reunión de ministros de Relaciones Exteriores del BRIC (Brasil, Rusia, India, China), el 26 de septiembre en Nueva York. Los países pueden decidir planes de desarrollo sin pasar por las horcas caudinas del extinto “Consenso de Washington”.

Pero hay otra transformación importante que afecta a la arquitectura geopolítica del mundo. El 17 de abril de 2007, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas realizó, por primera vez, una reunión dedicada a las consecuencias políticas y securitarias del recalentamiento del planeta. Esta dimensión se incluye ahora en las reflexiones estratégicas, ya sea en Estados Unidos, Francia o Australia. Sin entrar en detalles, condiciones extremas afectarán a las cosechas hortícolas, favorecerán el desarrollo de epidemias, y la subida de las aguas no sólo generará millones de refugiados ecológicos - 150 millones en 2050, según algunas estimaciones- , sino que reavivará la lucha por la división de los territorios, ya que la desaparición de atolones e islas afectará la extensión de las Zonas Económicas Exclusivas (ZEE). Y en lo referido al incremento de los precios de los productos alimenticios, pondrá en peligro la estabilidad de muchos países.

A partir de ahora, con la afirmación de una multitud de vías para el desarrollo, con la multipolaridad, ya no es sólo la dominación económica de Occidente lo que se cuestiona, sino también su derecho a establecer el Bien y el Mal, a definir el derecho internacional, a inmiscuirse en los asuntos del mundo en nombre de la moral o de la humanidad. El ex ministro francés de Relaciones Exteriores Hubert Védrine explica que Occidente perdió “el monopolio de la historia”, el monopolio del “gran relato”. La Historia del mundo, inventada hace dos siglos, se resumía al ascenso y superioridad de Europa. El camino hacia la multipolaridad puede ser percibido como una ocasión para el avance hacia un verdadero universalismo. Pero también suscita a veces un reflejo de temor en Occidente, porque el mundo será cada vez más amenazante, “nuestros valores” serán atacados en todas partes, por China, Rusia y el Islam; y así sería necesario, bajo la batuta de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), emprender una nueva cruzada contra los bárbaros que tratan de “destruirnos”. Esta visión, si no tomamos precauciones, se convertirá en una profecía autocumplida.

(*) Extractado de Le Monde Diplomatique, edición chilena. Noviembre de 2008.

Hay señales de recomposición de las relaciones internacionales, con el fin del dominio absoluto de Occidente, impuesto en el siglo XIX.

Política internacional

Alain Gresh (*)