Por Robert Samuelson
WASHINGTON
Mi hijo menor llama al Toyota Prius “el coche hippy”, y tiene razón. No es que los conductores de Prius sean “hippies”. Toyota dice que el comprador tipo es de 54 años y tiene ingresos anuales de 99.800 dólares; el 81 por ciento de ellos son graduados universitarios. Pero, como los hippies, están haciendo una declaración en voz alta sobre su estilo de vida: “Estamos salvando el planeta; ¿y ustedes qué hacen?”.
Ello explica por qué el Prius se vende tanto más que su rival, el Honda Civic Hybrid. Ambos tienen precios de base (alrededor de 22.000 dólares), y consumo de combustible (Prius, 60 millas por galón en la ciudad, 51 en la carretera; Civic, 49 mpg en la ciudad, 51 en la carretera) similares. Pero las ventas del Prius en la primera mitad de 2007 fueron de 90.503 unidades, casi igual al total de 2006. Las ventas del Civic fueron solo de 17.141 unidades, un 7,4 por ciento más que en 2006. La ventaja del Prius es que su particular diseño clasifica a sus dueños como virtuosos del medio ambiente. Mientras tanto, el Civic híbrido no puede diferenciarse de la masa de automóviles que contaminan y tragan combustible.
El Prius es, pienso yo, una parábola de la política más amplia del calentamiento global. El objetivo de la política del Prius es más que nada hacer alarde, no reducir la emisión de los gases de invernadero. Los políticos halagan a los electores “verdes”, que quieren sentirse bien sobre sí mismos. Se declaran objetivos grandiosos. Pero se postergan las medidas para lograrlos –o éstas no existen.
El gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, es el campeón de la política del Prius, tras haber declarado que su estado reducirá las emisiones de invernadero a niveles de 1990 para el año 2020 (alrededor de un 25 por ciento por debajo del nivel actual), y que intenta lograr una reducción del 80 por ciento por debajo de los niveles de 1990, para 2050. Sin embargo, las normas para alcanzar estos objetivos no se han formulado aún; esa tarea ha sido asignada a la Junta de Recursos del Aire de California. Muchas reglamentaciones no entrarían en efecto hasta 2012, supuestamente después de que Schwarzenegger haya dejado su puesto. En cuanto al objetivo de 2050, es como en las películas: una fantasía. A menos que se produzcan grandes descubrimientos tecnológicos, la posibilidad de alcanzarlo es cero.
Pero es una fantasía respetable. Schwarzenegger fue tapa de las revistas Time y Newsweek. La prensa se regodea en el tema; “verde” es el nuevo “periodismo amarillo”, dice el crítico de los medios Jack Shafer. Naturalmente, hay un efecto de unirse a la comparsa. Por lo menos 35 estados tienen “planes de acción sobre el clima”. Nada de ello reducirá las emisiones globales de los gases de invernadero por debajo del nivel actual.
Incluso si California alcanzara su objetivo para 2020, lo que es dudoso, y Estados Unidos le siguiera (aún más dudoso), el crecimiento de la población y de la economía en otras partes del mundo abrumaría todos los recortes de las emisiones. Se espera que en 2050, la población global llegue a 9.400 millones de personas, un 40 por ciento más de la actual. Con tasas de crecimiento modestas, la economía mundial se triplicará a mediados de siglo.
Solo lograr que las emisiones de invernadero no aumenten requiere enormes adelantos en la eficiencia o cambios a combustibles no-fósiles. El McKinsey Global Institute predice que, según estas tendencias, el uso de energía en todo el mundo se elevará un 45 por ciento de 2003 a 2020. China es la causa de un tercio del aumento; todos los países en desarrollo, de cuatro quintos. Incluso suponiendo enormes mejoras en la eficiencia energética (mejores bombillas de luz, etc.), McKinsey aún proyecta un aumento de un 13 por ciento en la demanda global de energía.
Pero debemos empezar por algún lado, ¿verdad? Está bien, esto es lo que el Congreso debería hacer: (a) aumentar gradualmente las normas de economía de combustible para vehículos nuevos en, por lo menos, 15 millas por galón; (b) elevar el impuesto a la gasolina durante el mismo período en 1 a 2 dólares por galón para fortalecer la demanda de vehículos eficientes en el uso de combustible y disminuir el uso de vehículos; (c) eliminar los subsidios fiscales (principalmente el descuento de la tasa de interés de las hipotecas) para la vivienda, que lleva a los norteamericanos a comprar casas cada vez más grandes. (Nota: si uno se muda a una casa un 25 por ciento más grande y después aumenta la eficiencia energética un 25 por ciento, no se ahorra energía).
Apoyo estas medidas, porque debemos tomarlas de cualquier forma. Debemos limitar la dependencia del petróleo extranjero, que es tan inseguro. A causa de los subsidios fiscales los norteamericanos invierten excesivamente en casas demasiado grandes. Pero los políticos pragmáticos no promulgarán estas normas; excepto, quizás, las normas de mayor economía de combustible. Son normas muy poco populares.
La política del Prius promete conquistar el calentamiento global sin causar desagrado en la población. Las ganancias ocurrirían de manera invisible mediante órdenes, reglamentaciones y subsidios para las empresas. Por ese motivo las normas de mayor economía del combustible son aceptables, parecen indoloras. Suena demasiado bien para ser verdad –y así es–. Se disfrazan los costos. Las órdenes y los subsidios darán lugar a mercados protegidos. Las empresas (de servicios, automotrices, bancos de inversiones) manipularán las reglas para obtener una ventaja competitiva. Habrá una mayor oportunidad para las ganancias privadas que para el bien de la población.
El apoyo del Gobierno al etanol es instructivo. En 2006, el 20 por ciento de la cosecha de maíz de Estados Unidos fue al etanol; la proporción está subiendo. Impulsado por la demanda para alimentos y combustible, el precio del maíz se ha elevado. Con la subida del costo de los alimentos, la inflación ha empeorado. El programa es más que nada un traslado de ingresos de los consumidores a los productores y a las refinerías de etanol. El uso de petróleo y los gases de invernadero que producen los norteamericanos no han declinado.
Algún día podría producirse una marcada reducción en los gases de invernadero si los vehículos híbridos y el almacenamiento del anhídrido carbónico de las plantas energéticas a carbón fueran comercialmente viables. Mientras tanto, la política del Prius es un ejercicio engañoso de relaciones públicas que, mientras no ayuda al medio ambiente, podría dañar la economía.