Por P. Victor Urrestarazu
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Pidamos al Señor que nos persuada de esta realidad: solo hay un amor absoluto, que es la fuente de todos los amores rectos y nobles. Y aquel que ama a Dios, es quien mejor y más ama a sus criaturas, a todas; a algunas es fácil amarlas; a otras, es difícil: no son simpáticas, nos han ofendido o hecho mal; solo si amo a Dios en serio, llego a amarlas en cuanto hijas de Dios y porque Él me lo manda. Jesús ha fijado también cómo amar al prójimo, esto es, no solo con el sentimiento, sino con los hechos: tenía hambre en la persona de mis hermanos más pequeños, ¿me habéis dado de comer? ¿Me habéis visitado cuando estaba enfermo? ¿Me ayudasteis a llevar las cargas cuando eran demasiado pesadas para llevarlas Yo solo?
Amar al prójimo en Dios no es amarlo mediante un rodeo: el amor a Dios es un atajo para llegar a nuestros hermanos. Solo en Dios podemos entender de verdad a los hombres todos, comprenderlos y quererlos, aun en medio de sus errores y de los nuestros, y de aquello que humanamente tendería a separarnos de ellos o a pasar a su lado con indiferencia.