Opinión

El almacén: Una escena actual de la vida antigua

Blas Brítez

Crucé la calle oblicuamente, de esquina a esquina. La edificación era antigua y desde antes de entrar en ella uno sentía que estaba frente a uno de esos sitios de Asunción en donde el tiempo se ha detenido. Subí un par de gradas y aspiré, ya dentro, el hálito apacible de lo añejo.

Detrás de un mostrador (por lo menos) la mitad de antiguo que el almacén estaba una señora. Tenía el pelo corto, profundamente cano. Detrás de los anteojos, había unos ojos redondos y enormes que me auscultaron de arriba abajo.

Había cruzado para buscar cigarrillos. Buscaba una marca en especial. Parado frente a la mujer, pregunté por ella. Fugazmente, vi que tras ella reinaban solo las fabricadas por las empresas de Horacio Cartes. Mientras la señora me explicaba que solo tenía esos cigarrillos, que hace años sus repartidores no les traen más que esos que no fumo, decidí que, de todos modos, compraría una caja. Me sentía bien allí, con alguien amable detrás del mostrador.

Dos estantes enormes estaban prácticamente vacíos. La decadencia se podía respirar como un cansancio secular, anacrónico quizá. Por un momento, imaginé niños correteando, ruidosos, alrededor de nosotros en una casa de la Asunción de 1940. Mucho ruido y mucha vida en donde ahora todo era menos vital, más gastado y mustio.

De ese ensueño me sacó la presencia vigilante de otra mujer, asomada la cabeza en el vano penumbroso de una alta puerta. Enseguida sospeché que la misma era hija de la que ahora me pasaba el atado de cigarrillos del entonces, cuando entré al almacén, presidente de la República. Tras la sala en la que estábamos la señora y este cronista, se adivinaba que había un corredor ensombrecido, enigmático.

Pregunté:

–¿Hace cuántos años que está este almacén, señora?

Ella manoseó billetes de la caja registradora, configurando el vuelto. Vaciló por un momento, entre responder y seguir contándolos. Después levantó la cabeza, me miró como si la hubiera obligado a regresar a un pasado hacía demasiado rato olvidado, escondido acaso de las tentaciones fáciles de la nostalgia. Me dijo:

–Hace 75 años.

Entró en el salón la presunta hija. Llevaba el pelo largo y negro, muy negro. Toqueteó cosas por allí, sin decir nada.

Insistí:

–¿Y usted hace cuánto que está detrás de ese mostrador?

Esta vez no dudó:

–Desde hace 60 años.

Sin pensarlo, pregunté otra vez:

–¿Cuántos años tiene?

Ella retrocedió un poco, como si hubiera indagado acerca de algo prohibido. En la cultura popular, de hecho, esta pregunta suele estar prohibida.

Se reincorporó:

–75.

Los mismos que el almacén, pensé, pero no lo dije.

Puso sobre el mostrador dos billetes. No los tomé enseguida.

–¿Y antes que usted estuviera allí, quién estaba a cargo?

–Mi tío.

La supuesta hija se acercó, por detrás de la mujer mayor. Parecía como si quisiera decirle algo, pero otra vez nada decía.

–Murió cuando yo tenía 15 –hizo cuentas, ahora sí con un anticuado dejo de melancolía.

Entonces la mujer menor habló. Casi al oído, le preguntó algo que no escuché. Parecía insegura con mi presencia. Sin embargo, la señora que había pasado los últimos sesenta años de su vida –Stroessner acababa de atornillarse en el poder cuando empezó a comerciar detrás del mostrador –seguía mirándome sin hacerle caso a quien yo creía que era su hija.

–Es el almacén más viejo del barrio –agregó, esta vez con orgullo.

Estábamos en las afueras del microcentro de la ciudad, en donde poco más de medio siglo atrás todo era efectivamente, un barrio, uno con vida de barrio en sus aceras. De hecho, el almacén podría perfectamente ser el más viejo de toda la ciudad.

–La felicito, señora, por todos los años que estuvo allí detrás –le dije, un poco tontamente.

–Gracias, mi hijo –respondió. Sonrió, hermosamente, por primera vez.

Me fui. Es decir, volví al presente.

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