Ante la muerte de la abuelita, el papá respondía a su pequeña de 3 años:
-¿A dónde fue la abuela?
- Está con Dios.
-¿En dónde está Dios?
-En el cielo.
-¿Dónde está el cielo? ¿En qué parte? ¿Detrás de la nube?
Metido en el problema, me comentaba después, lo difícil que era hablar de Dios y su presencia, a una niña tan pequeña.
Me quedé pensando en cómo nos enredamos ante estas preguntas.
Dios no es complicado. Se hace niño, el ser más sencillo, simple, transparente y directo para llegar a nosotros.
Y no está lejos. Está en nuestro ser.
Permítanme sugerirles hacer esta experiencia con sus hijos. Cierren los ojos y pongan las manos unidas al pecho. En silencio experimenten juntos: Dios está aquí, dentro de mí, tan cerca de mí y tan cerca de vos.
Esta sencilla vivencia nos permite aprender desde muy pequeños una sabia lección de solidaridad y es que Dios está en mí, y también está en el otro. Si pudiéramos convencernos y conmovernos con esta verdad, sentiríamos en el cotidiano su presencia.
Entonces veríamos a Dios en ese joven que limpia los vidrios, a quien no le hemos dado otra oportunidad para ganarse el pan. Y en aquel pequeño que trabaja en vez de ir a la escuela. En esa madre todavía niña que ya carga otra vida antes de saber quién es y qué quiere hacer con su existencia. En doña Benita, que tiene 60 años, cuida a su mamá de 90 y cada semana toca a nuestra puerta para enseñarnos fraternidad.
En nuestro país, Dios está desprotegido, pasa hambre, no tiene empleo legal, no tiene vivienda. Si pudiéramos ver a Dios vivo en el otro, trataríamos de que sea feliz, que esté bien cuidado, alimentado, socorrido, que estudie, progrese, y que avance desafiando la alegría de vivir.
Entonces, el amor cobraría sentido pleno de la mano de la justicia porque... tuviste hambre y te di de comer, necesitabas trabajo y puse energías para multiplicarlo, estuviste preso y te visité, estabas enfermo y aseguré tu asistencia. No tenías techo y me ocupé de construir viviendas dignas, conducías una moto delante de mí y te cuidé las espaldas, necesitaste leyes que amparen tu ancianidad y luché por ellas. Naciste en un medio inseguro, creciste violento y trabajé para superar esta situación adversa que no elegiste.
Y, además, porque cuando me encuentro contigo, me detengo a ayudarte, sonreírte, escucharte, saludarte, consolarte, agradecerte.
Porque nunca terminamos de aprender que Dios se hizo uno de nosotros para estar cerca, es que celebramos su nacimiento.
Por eso, Señor, hago un pesebre en cada Navidad, para que nunca me olvide dónde estás.
Entonces veríamos a Dios en ese joven que limpia los vidrios, a quien no le hemos dado otra oportunidad para ganarse el pan.