Opinión

“Desastre ko Marito”

Presidente, si algo hay que reconocer al asesino ese que era jefe de tu papá –y que según las malas lenguas admirás secretamente– es que tenía un mensaje. Era, obviamente, un mensaje mentiroso, lo que no le impedía ser efectivo. Pero lo tuyo, presidente –y disculpá la franqueza–, es muy insípido.

El eslogan ese medio ñoño de Marito de la gente –reproducido por los chupamedias de las binacionales y de los ministerios como si fuera que el Estado es del grupo al que se le dio, por vía electoral, la responsabilidad de conducir la República– no alcanza para dotar de un tono, de una idea, de un mensaje a tu administración.

Aparte, presidente, todos sabemos que no sos precisamente “de la gente”. Naciste y te criaste en tus primeros años en el seno de la rosca más nefasta y corrupta que parió este país. Después te fuiste a los EEUU a completar tu educación. Volvió la democracia y volviste al país a administrar tus empresas. Eso “de la gente” suena, en esa circunstancia, medio impostado, para no decir directamente un fraude.

Por eso, necesitás algo para ser recordado. Si querés ser en verdad “de la gente”, enfocate en la economía, presidente. Precisamente en la economía “de la gente”, no de los necesarios pero lejanos números macroeconómicos. Está dura la calle, presidente. Te digo por si no te lo dicen con el énfasis que la situación amerita.

Sé que no tenés mucho de qué aferrarte entre tus colaboradores y que lograste la presidencia por ser la cabeza menos imputable de los anticartistas. Pero, presidente, estamos en el baile y es hora de que le pongas un poco de ritmo o se viene la marcha fúnebre.

Tu colaborador más cercano es tu hermano Benigno, un abogado ducho en diversas triquiñuelas, sobre todo las tributarias. Pero, lamento decirte, que está muy, pero muy lejos “de la gente”. Para colmo tiene la capacidad comunicativa de un contador, no de un ministro a quien se le exige dar vida a una economía deprimida. Necesitamos más ideas y menos argelerías, si me permitís el término.

Después le tenés al verborrágico encantador de serpientes del ministro del Interior, que cada vez es menos encantador, y que la aberrante corrupción policial está por producir el milagro de que se quede sin palabras.

El ministro de Obras, en tanto, presidente, es otra demostración más de que en este país cuasi delincuencial la honestidad dura y llana es un inconveniente. Los pocos íntegros en la función pública deben aprender algo de practicidad, ya que la honestidad debe ser eficiente o muere.

Encima de todo te cuida la espalda un vicepresidente que sacó uña de guitarrero en la frontera más caliente de Sudamérica. De ser un fiscal de esa zona se transformó en el segundo hombre con más poder político en el país; eso no se hace precisamente leyendo libros ni siendo un tierno profesor de ética. El vice es muchas cosas, pero no un nene de pecho. Argumentás con razón, presidente, que hay una crisis regional, que los commodities están flacos y que medio país está inundado. Pero tu trabajo no es enumerar los males, sino proponer las soluciones, convocar a las personas, aunar los esfuerzos, ordenar, disponer. Tu trabajo es ser presidente, presidente.

Hace menos de un año que estás en el poder. Como un demócrata me duele que en tan poco tiempo se haya impuesto como un mantra el “desastre ko Marito”. Y más duele que suene a verdad.

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