Domingo|15|FEBRERO|2009 - lbareiro@uhora.com.py
Quiero felicitar públicamente al asesor político del presidente Fernando Lugo.
No sé quién es, qué estudios tiene, a qué corriente política pertenece, qué religión profesa, por quién votó el 20 de abril pasado, ni a qué se dedicaba antes; pero no tengo dudas sobre su proverbial sentido del humor y su notable talento para la comedia.
Solo a este anónimo genio se le pudo ocurrir organizar una reunión secreta con los ministros no colorados de la Corte, a las seis de la mañana, en mitad de la semana, en un día particularmente aburrido y en la residencia presidencial.
No es la Quinta de Olivos ni Camp David; es Mburuvicha Róga, una casona colonial enclavada en pleno centro de Asunción, con dos únicas salidas, una sobre la avenida Kubitschek y la otra sobre Mariscal López; ambas cubiertas casi permanentemente por insufribles periodistas.
Es evidente que el singular asesor supuso que el pretendido secretismo de su jefe era apenas una ironía presidencial.
Con igual criterio, la próxima cumbre podrían hacerla en el patio de comidas de un shopping, un sábado, entre las nueve y las once de la noche; o en la próxima elección de mis tanga, con Wisin y Yandel tocando de fondo y la discretísima animación de Junior.
No alcanzo a imaginar cuál sería la recomendación del asesor, si al ex obispo se le ocurriera ejercer discretamente su recién adquirido derecho de pasar por alto (esta vez, oficialmente) su discutido celibato.
Pero, no quiero que nuestro desconocido asesor se envanezca más de lo necesario.
Por eso, conviene recordarle que si bien es indiscutidamente bueno, debe reconocer que todavía le falta -y mucho- para alcanzar el nivel de hilaridad de algunos de sus antecesores. Por ejemplo, el único e irrepetible senador colorado Juan Carlos Galaverna (roguemos porque la clonación nunca evolucione lo suficiente).
Le escuché en estos días hablando de la reunión pública y secreta de Lugo con los ministros.
Su talento histriónico se mantiene incólume. El hombre realmente parece indignado. Condenó duramente la grosera intromisión del presidente en otro poder del Estado.
Tiene razón. Él jamás habría caído en esa vulgaridad; digo, la de exponer públicamente a los ministros.
Él, como mucho, los invitaba a festejar su cumpleaños. Y nada más. Jamás discutieron nada en público.
Para eso estaba el café, esa infusión mágica que aclara la voz y permite muy confidencialmente establecer el criterio político para un fallo judicial.