01 jul. 2026

Debemos actuar a tiempo para detener la violencia sin sentido

En el Paraguay estamos viviendo un momento muy delicado, en el que la sociedad prácticamente ha comenzado a normalizar los hechos de violencia. Esta es una situación de la que difícilmente se pueda volver atrás. Precisamente por esa razón debemos poner un freno, buscar los mecanismos necesarios para evitarla. La agresión que sufrió un joven en una discoteca de la capital es una llamada de atención sobre este tipo de violencia irracional que a veces ya no sorprende, pero que sabemos proviene de la impunidad y la prepotencia.

Durante el transcurso de la semana que culmina el tema fue objeto de amplio debate. Se trata de un caso de agresión que se produjo en el interior de una concurrida discoteca de Asunción, en el ahora ya conocido como el caso Morgan. Tras el reciente incidente la víctima quedó con graves lesiones en el rostro, tras lo cual fue hospitalizada y sometida a una reconstrucción facial. El caso ahora está en manos de la Fiscalía y los autores de la agresión imputados por la Fiscalía por lesión grave y hasta el momento siguen siendo buscados por la Policía Nacional, con una orden de detención.

Llamativamente este no es el primer caso que ocurre en el mismo lugar, de hecho que en la misma discoteca y desde su apertura ya se han registrado tres casos de agresión y en todos los casos las víctimas terminaron en el hospital.

¿Es posible que como colectividad ya estemos normalizando este tipo de hechos de violencia? Y cómo es que hemos llegado a esta situación. Porque definitivamente algo está sucediendo en una sociedad en la que algunos de sus más privilegiados integrantes, en un contexto de fiesta y diversión, los cuales deberían suponer un ambiente de alegría y bullicio pero, sin embargo, en medio de un ambiente de divertimiento deciden dar rienda suelta a la furia y agresividad para causar daño a otras personas.

Este es el momento en que debemos preguntarnos como sociedad de dónde proviene esta violencia.

No caben dudas de que una de las potenciales respuestas se encuentra en la educación y en la familia, espacios en los que las personas aprenden no solamente valores sino también actitudes ante la vida en general. Para avanzar hacia alguna posible solución de este que, hace mucho tiempo, dejó de ser un problema aislado, se debe comenzar reconociendo las responsabilidades.

Es tiempo asimismo de reconocer que el Paraguay se ha convertido en un país donde el ejercicio de la violencia se ha normalizado.

Una de sus manifestaciones, la violencia explícita y sangrienta que se manifestaba en ciudades fronterizas en las que el crimen organizado, la mafia y el narcotráfico deciden las reglas del juego, mientras que las instituciones del Estado son apenas parte del decorado. Ese tipo de violencia se extendió a todo el país, y eso se comprueba con leer el resumen de las noticias. Ajustes de cuenta entre criminales y crímenes por encargo son parte de la cotidianeidad.

Hay también una violencia que siempre estuvo presente, pero que no trascendía, es la violencia conocida como intrafamiliar, y en este rubro los datos son estremecedores: el Ministerio de la Defensa Pública informó que tiene 1.753 casos de maltrato infantil, de los cuales la mayoría corresponden a abusos físicos. En cuanto a los casos de feminicidio, los reportes nos describen una situación que no mejora, pese a contar con una Ley de Protección Integral a las Mujeres contra toda forma de Violencia desde el año 2016, no paran las muertes violentas de mujeres; en lo que va del año 2022 se cuentan 32 mujeres asesinadas. Y toda la población está expuesta a diario a la violencia de motochorros y delincuentes, en sus propias residencias o en la parada del transporte público; y es notorio el aumento de ese tipo de delincuencia y la inseguridad extendida.

No es fácil de entender el fenómeno que vivimos. Cómo se explica y como se detiene la violencia ejercida por personas jóvenes que provienen de ambientes de privilegio. Pero se debe frenar la impunidad que genera este tipo de situaciones, como el caso Morgan.

Ninguna violencia, ningún abuso puede ser justificado, y como sociedad debemos comprometernos para que no suceda nunca más.

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