18 abr. 2026

De vender pollos en San Pedro a los campos de batalla en Ucrania

A LA LÍNEA DE FUEGO. Oriundo del distrito de Lima, se enlistó en el 2024 al Ejército ucraniano.
DE VACACIONES. Barrios se apresta a volver al país del Este europeo tras un breve descanso.
EL CAMINO. Nos cuenta cuáles son los motivos que lo empujaron a tomar la decisión de ir a pelear.
RIESGO. Cómo es su día a día en el frente de batalla y el riesgo de enfrentarse a la muerte.

cperalta@uhora.com.py

Desde el distrito de Lima y a orillas del río Aguaray, en el Departamento de San Pedro, hasta las trincheras del Este europeo. Marcos Barrios es uno de los dos paraguayos que combate diariamente en Ucrania. Actualmente “de vacaciones” en nuestro país, se alista para volver a la primera línea del conflicto que ya lleva cuatro años.

Barrios cuenta a ÚH cómo es el camino que va del reclutamiento al combate, el riesgo constante de no regresar y los motivos que lo empujan a tomar una decisión límite.

Su historia nace en ese pequeño rincón del Departamento de San Pedro, donde la rutina suele medirse entre jornadas de trabajo y sueños postergados. Allí, con 34 años, un día decidió cambiarlo todo.

Antes de la guerra, su vida era simple. Vendía pollos. Sobrevivía, como tantos otros, con lo justo. Pero había algo que nunca había podido concretar: Su sueño de ser militar.

Ese deseo, dormido durante años, encontró una oportunidad inesperada a miles de kilómetros de distancia.

Hace un año, Marcos vio lo que para muchos sería impensable: Una puerta abierta en medio del conflicto entre Rusia y Ucrania. Se estaban reclutando extranjeros.

“Quedó el sueño pendiente y cuando vi la oportunidad, dije, este es el momento. Un amigo me comentó que en Ucrania estaban necesitando gente y me pasó el número de un argentino, le llamé y me explicó todo, y al cabo de unos días me mandaron una carta de invitación porque sin eso no podés ingresar”, sostuvo.

El proceso, según relata, fue más simple de lo que uno podría imaginar. No le pidieron experiencia militar previa. No hubo exigencias académicas. Solo una condición: Estar físicamente apto.

SOBREVIVIR

Durante tres meses, antes de viajar, Marcos se impuso una disciplina férrea. Mejoró su alimentación, dejó atrás excesos y comenzó a correr todos los días. Sabía que su cuerpo sería su única herramienta para sobrevivir.

“Corría y hacía ejercicios constantemente, entrené mucho antes de ir; para mí, fue fácil entrar al Ejército porque estaba bien físicamente”, añadió. Una vez en Ucrania, recibió un entrenamiento intensivo de apenas un mes.

Aprendió manejo de armas, tácticas básicas y supervivencia en combate. Todo en tiempo récord. Y luego, sin demasiado preámbulo, fue enviado al frente. Una vez allí, no hay margen de error.

Este proceso no fue solo físico, sino mental. Sabía que no se estaba preparando solo para combatir, sino también para sobrevivir.

“Allá es todo muy tecnológico, te entrenan en armas, táctica, todos son muy profesionales”, relata.

El Ejército les hace firmar un contrato, que varían de 6 meses, un año y el máximo que es de tres años. Perciben salarios de entre USD 4 mil y 6 mil, dependiendo del tipo de comando que ejerza.

“Yo tengo el contrato de tres años, y ellos te dan la libertad de elegir y salir cuando quieras para volver nuevamente después, te dan un papel para salir del país tranquilamente”, cuenta con seguridad.

LA BIENVENIDA

Apenas arribado a Europa y a uno de las zonas más peligrosas del conflicto, junto a otros latinoamericanos (14 argentinos y 40 brasileños) integrados en la legión extranjera o batallones de asaltos especiales, fueron enviados a la región de Sumy, en el noreste de Ucrania, un frente clave y altamente inestable en la guerra debido a su frontera directa con Rusia (región de Kursk).

“Al llegar allá hubo algo que cambió totalmente mi vida, nos tocó un galpón que nos preparamos ahí y de repente, diez minutos que nos relajamos, se escucha un ruido desde el horizonte. Yo escuchaba el sonido del Shahed (un dron kamikaze de bajo costo). Ese se siente como cuando suena el Ferrari, es que ya viene a pique”, comenta con naturalidad.

Fue la primera vez que Marcos estuvo cerca de la muerte. “Yo dije, pucha acá me matan antes de que me ponga el uniforme, y viene el Shahed y pum, levanta nuestro techo, luego nos dijeron que eso era normal, que nos tranquilizáramos y salimos de ahí, yo después de eso dormía con los ojos abiertos”, recuerda hasta con emoción.

EL BAUTISMO DE FUEGO

Apenas tres días después de haber pisado el campo de batalla, un comandante ucraniano lo observó en acción. La evaluación fue directa: Estaba listo.

“El sargento a cargo me dijo que tenía potencial”, recuerda Marcos. Una frase breve, pero suficiente para confirmar que había encontrado su lugar en medio del caos.

Ese reconocimiento marcó un punto de inflexión. Marcos dejó de ser un voluntario más para convertirse en parte activa de una estructura militar altamente exigente.

Fue asignado al comando de asalto, una de las unidades más peligrosas del Ejército ucraniano, encargada de operaciones ofensivas en primera línea.

“Yo aprendí muy rápido porque yo me fui con muchas ganas de aprender. La única cosa que no me gustaba era la medicina táctica, yo pedía que me manden al frente, cualquier cosa iba a hacer”, afirma.

Pero sí hubo algo que le disgustó. No fueron los drones, el ruido ensordecedor de los misiles ni los tanques. Fue la instrucción en medicina táctica que tuvo que recibir de sus instructores.

“Era algo que sí o sí tenía que hacer, la clase de medicina táctica, yo ahí me quedaba parado para no dormir, era muy aburrido para mí, es como una enfermería; yo le decía a mi sargento que por favor me quitara de ahí, yo quería que me mandaran al frente, a la línea 0, aunque sea para llevar agua”, expresa sonriendo.

Marcos recuerda que el sargento a cargo del escuadrón al que fue asignado le dijo además algo que lo marcó: “Estuvimos en un entrenamiento; duró tres días y se me acerca y me dice, ¿qué fuiste vos en tu país? ¿Qué hiciste? Sos una vergüenza para tu familia, pero vas a ver que de acá vas a salir con honores, y creo que eso me entró y me marcó; luego de un mes ya me mandaron al frente de batalla como segundo líder, es una guerra muy tecnológica y todo se planea bien, dónde estarán los tanques, los drones, todo; estuvimos seis días y seis noches en una misión y me quité las ganas de disparar”, afirmó.

LA VIDA EN EL FRENTE

Las misiones eran claras, aunque extremas: Avanzar hacia zonas ocupadas y recuperar posiciones estratégicas, hospitales, edificios, territorios perdidos. Siempre bajo fuego. Las tareas que le fueron asignadas no dejaban margen para la improvisación.

“Nosotros estábamos en Karkhiv (la segunda ciudad más grande de Ucrania situada a 42 km de la frontera con Rusia), y teníamos que recuperar un hospital y lo recuperamos, y nos cuentan que hay una misión; no te obligan a ir. Comenzaron a preguntar y por poco no alcé los pies para poder ir, y me fui como segundo líder; nos preparamos tácticamente y empezamos a avanzar. El problema no son los rusos ahí, el problema son los drones; si no existieran los drones hace rato la guerra ya iba a estar metida en nuestro bolsillo”, señaló.

LA RUTINA DE LA GUERRA

Un día normal en el frente, explica, dista mucho de cualquier idea cinematográfica. No hay pausas. No hay certezas.

“El cielo está lleno de drones. El suelo, de minas”, dice.

Esa frase sintetiza el nivel de riesgo constante al que estaban expuestos. Los drones vigilaban cada movimiento desde el aire, mientras que cualquier paso en falso podía activar explosivos ocultos bajo tierra.

Cada paso puede ser el último. Cada ruido, una advertencia.

Dormir es un lujo, comer, una necesidad secundaria. La prioridad es sobrevivir.

EL CARA A CARA CON LA MUERTE

Marcos no esquiva el tema. Durante su tiempo en combate estuvo cerca de morir varias veces.

Recuerda explosiones a pocos metros, situaciones límite, y momentos en los que una decisión tomada en segundos marcó la diferencia entre vivir o no.

También fue testigo de la caída de varios de sus compañeros, una de las experiencias más duras que le tocó atravesar.

Sin embargo, lejos de paralizarlo, el peligro parece haberlo definido.

“Me gusta la adrenalina”, dice sin rodeos. Para él, esa intensidad no es un obstáculo, sino parte de la experiencia que le tocó vivir.

Esa misma intensidad se refleja en su forma de contar sus vivencias, como sacadas de un videojuego.

“Un día vinieron entre 300 rusos y nosotros éramos 14; yo ya me di por vencido y un argentino que era nuestro sargento nos dice que le cubramos; me puse granadas, proveedores y le digo que fue un placer servir con él; ese día mi ametralladora se quedó en rojo; justo vino un dron y el argentino abrazó al dron y explotó allí, si ese dron nos alcanzaba nos mataba a todos”, señala.

Barrios recuerda que pudo escapar y que luego de unas horas pudo volver junto a su equipo para retirar el cuerpo de su líder.

“Fue el momento más difícil porque tuve que dejar a mi hermano ahí; yo hasta ahora tengo contacto con su madre”, recordó.

Algunos lo admiran. Otros lo cuestionan. No faltan quienes se burlan, llamándolo “Rambo”. Pero a él, asegura, no le afecta.

“No me importa lo que digan; mis amigos me preguntan cosas y en tono de burla me llaman Rambo, porque no creen todo”, responde. “Yo sé lo que viví”, afirma.

Menciona que no se considera un mercenario.

“La gente te va a decir mirá ese mercenario que se va a luchar con Ucrania que es de otro país, a mí me hubiera gustado que sea en mi país, pero la gente dice cualquier cosa, ya sea por envidia o porque no tienen lo que desean”, manifestó Barrios quien dijo que le cuesta dormir.

EL REGRESO

Hoy, de regreso a nuestro país, Marcos Barrios carga con una experiencia que pocos pueden comprender en su totalidad.

No solo cumplió su sueño de ser militar. Lo hizo en uno de los conflictos más crudos del mundo actual.

“Voy a volver nuevamente”, menciona. Afirma haber recibido medallas de honor por parte del Gobierno ucraniano por su participación en el conflicto.

Su historia no es solo la de un hombre que fue a la guerra. Es la de alguien que, ante la falta de oportunidades, decidió construir su propio destino, incluso si eso significaba caminar al borde de la muerte.

  • No me considero un mercenario; me hubiera gustado servir a mi país. Ucrania me dio todo; la gente puede decir cualquier cosa por envidia o porque no entiende.
  • Morir es algo natural; a mí me gusta mucho la adrenalina, me encanta el peligro, así cuando la muerte te está acechando.
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