Opinión

De muros y aplastamientos de la clase media

Blas Brítez

Para Donald Trump, El Paso certifica que los muros contra la inmigración funcionan. Y que, además, salvan vidas. Así lo afirmó el presidente de los Estados Unidos, el 4 de febrero pasado, en su discurso ante el Congreso. Como justificación, informó que la ciudad “solía tener tasas extremadamente altas de crímenes violentos” antes de la construcción del muro en su frontera con la mexicana Ciudad Juárez, hace una década.

Un reportaje de la BBC en castellano mostró, siete días después y con datos oficiales, que Trump mintió y que, por el contrario, es la mentira la que funciona. Más aún cuando opera sobre los prejuicios fronterizos de quienes no viven en la frontera: la ciudad de Texas, con menos de un millón de habitantes, es una de las tres o cuatro menos violentas del país. De hecho, la afirmación fue tomada con sorna por la población, que no tardó en producir remeras que ironizan sobre la supuesta “extremada” violencia de su ciudad, cuyo dramatismo urgente el muro habría alejado.

Por lo menos desde hace treinta y cinco años, con una multiplicación de agentes migratorios —lo que proporciona a Trump una oportunidad de otro tipo de argumentación que, esta vez, no le interesa—, con una comunidad altamente cohesionada en torno a sus orígenes hispanos, El Paso vivía un largo periodo de recoleta calma cuando un supremacista blanco asesinó a veintidós personas en un concurrido centro comercial, un día después de otro ataque similar en Dayton, Ohio.

“No puedo creer que haya pasado esto. El Paso es una ciudad de inmigrantes y siempre nos hemos ayudado los unos a los otros”, le dijo a la BBC Ivonne Díaz, un par de días después del ataque de Patrick Crusius en la tienda Wallmart. Es que de veras a El Paso le parece difícil comprender que alguien haya conducido nueve horas hasta allí, dispuesto a “matar tantos mexicanos como fuera posible”. El decimonónico forajido Billy the Kid, quien hablaba y leía castellano por los lados de Nuevo México, no acostumbraba a contar sus víctimas mexicanas. Hoy, el racismo lleva la cuenta de todo.

La policía informó que Crusius, detenido en el lugar sin resistirse, ha frecuentado grupos de odio y es autor de un “manifiesto supremacista”. Aunque el racismo es un problema habitual de los Estados Unidos, fundados sobre la supremacía de la sangre europea y pionera que el cine ha popularizado, siempre han sido minoritarias estas retóricas del resentimiento xenófobo. Sin embargo, solo este año se reportaron más de 250 eventos violentos con cargas de odio, con una base de cuatro víctimas heridas. El nacionalismo blanco que profesa Crusius, expuesto ahora a la pena de muerte, vive un auge bajo la retórica propicia de Trump. Entrevistado por el New York Times hace tres años, el escritor y supremacista Richard Spencer, investigador de la herencia europea de su país, se entusiasmó porque el rubio presidente “llevó la política de identidad de la gente blanca a la esfera pública como nadie lo había hecho”. Trump habla, pues, al oído de la xenofobia.

En 1957, el historiador liberal Hans Kohn (1891-1971) encontró que la “civilización de la clase media” salvaría a la humanidad en crisis, según él, por la resistencia de los nacionalismos a la liberalización. La vanguardia de este nuevo periodo sería así la clase media estadounidense: dinámica y productiva. Nada de eso queda. Le sorprendería también saber que aquella irredimible dicotomía ideológica de antaño, no solo es hoy un mejunjede las altas finanzas, sino la diarreica identidad política de una buena parte de la temerosa “civilización” salvadora que Kohn y otros imaginaron.

Everything is Broken Up and Dances (2017, todavía sin traducción castellana), de los italianos Edoardo Nesi y Guido María Brera, explica el aplastamiento de la clase media a nivel mundial, desarmada socialmente pero, al menos en los Estados Unidos, armada hasta las cejas con rifles AR-15 como el que usó el tirador de El Paso.

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