| Domingo, 10 de Mayo de 2009
Mi amigo Pedro es hijo y nieto de funcionarios públicos colorados. No se qué cargos ocupó el padre, pero me consta que sus ingresos (oficiales o no) le permitieron pagarle una educación principesca.
Pedro es hoy un profesional de primera. Trabaja en una empresa privada y forma parte del diez por ciento de la población ocupada que deberá pagar el impuesto a la renta personal, si es que los parlamentarios permiten alguna vez su aplicación.
Pedro es de derecha. Cualquier mención de Hugo Chávez, Fidel Castro o Evo Morales le produce urticaria. Cree en la iniciativa privada como motor insustituible de la economía, y en las libertades públicas como pilar fundamental de la democracia.
Asiste a misa regularmente, paga religiosamente sus impuestos, forma fila, es generoso con sus parientes y amigos y solo pierde el buen humor ante la derrota de su club y la mofa de este servidor. Es un buen tipo.
Jorge proviene de una familia de exiliados. Al igual que sus padres, trabaja en una oenegé. Como yo, padeció la educación pública y alcanzó los primeros orgasmos en la Facultad de Filosofía, al son de Silvio Rodríguez y en una ronda de cerveza.
Allí, como todos, solucionó los problemas del mundo con cuatro o cinco enunciados y luego se echó a dormir sobre la desvencijada mesa de madera de Pinocho, estratégico bar instalado frente al magno edificio de la facultad.
Hoy trabaja con organizaciones campesinas y algunas parcialidades indígenas. Y viste como ellos. Siempre está al borde de la indigencia, pero le sé feliz.
Es de izquierda. Sataniza a los sojeros, odia a los dueños de medios y desconfía de Obama.
De la burguesía solo le gustan sus mujeres. Y sus cigarrillos.
Todavía recita algunos párrafos de “Las venas abiertas...”, pero cada vez lee menos. Nunca lo confesará, pero sé que prefiere ver a Tinelli. Es un buen tipo.
En las últimas semanas, Pedro y Jorge me llamaron para insultarme o para felicitarme, indistintamente.
Cuando publiqué un artículo recordando que la vida privada de los mandatarios no necesariamente tiene que ver con la calidad de su gobierno, Pedro me preguntó cuánto me pagaba la Administración de Lugo para intentar salvar la imagen del obispo perjuro.
Jorge me escribió alabando que pudiera escapar del sensacionalismo barato de mis colegas.
Cuando el diario informó de la existencia de un supuesto testigo que primero involucró a Lugo en el secuestro de Cecilia y luego dijo que Nicanor le pagó para hacerlo, ambos me llamaron para acusarme.
Jorge reclamó que el diario estuviera en una campaña con Nicanor para desprestigiar a Lugo. Pedro me dijo que resultaba groseramente notable que montamos la historia para exculpar a Lugo y escrachar a Nicanor.
Los insultos y las felicitaciones se repiten desde hace días, independientemente del tema. Todo lo que se diga o escriba es utilizado a favor o en contra.
No me sorprende. Años de hacer periodismo me enseñaron que la mayoría de las personas tienen posiciones asumidas que responden a su historia, sus circunstancias y sus intereses. Y que no importa cuán razonables sean los argumentos que les expongas, difícilmente cambiarán de parecer.
Eso no los hace mala gente. Ni buena. Tampoco que ellos estén equivocados y nosotros tengamos la razón.
Jorge y Pedro seguirán adaptando los hechos a su particular visión del mundo (y yo al mío); y elogiarán o insultarán mis trabajos (o la opinión de otros) según coincidan o no con sus ideas.
Y seguirán siendo mis amigos.
Así funciona la democracia.
No es fácil, pero es lo mejor que tenemos.