Una indignación que no se expresa más allá del territorio virtual recorre por estos días algunos círculos de la sociedad paraguaya. La que surge luego de que en la Fiscalía General cambiara sin razón, con explicación pueril y con alta sospecha de arreglo político, al jefe de los fiscales anticorrupción: Carlos Arregui.
También, del mismo modo, porque ya sería como la cúspide de la caradurez si lo expusieran en público –más de lo que ya es la medida adoptada por el fiscal general del Estado, Javier Díaz Verón–, circula la otra cara de la moneda, una alegría de políticos, parientes, amantes y demás deudos, porque ninguna de las investigaciones que el equipo de agentes del Ministerio Público llevaba adelante prosperará. Lo más probable es que todas las causas se desestimen o mueran por el camino y que los corruptos de siempre se mantengan en la cúspide robando, extorsionando y engañando a propios y extraños sin la más mínima intención de lealtad a la población a la que se deben.
En Palacio de Gobierno, la alegría no es menos.
Mucho puede decirse, analizarse, elucubrarse, sin embargo lo único que ocurre es que se van colocando algunos eslabones que faltan para entender con mayor facilidad lo que pasa e irá pasando.
El presidente Cartes tiene demasiado desarreglo y mucho alboroto en su gestión, en parte por causa de los legisladores de su partido rentado –el Colorado–, que están en la picota y procesados por múltiples malos manejos, tráfico y corrupción, por lo que es de imperiosa necesidad para él que esas causas, aceleradamente, desaparezcan. Eso no puede ocurrir si los casos son tramitados dentro del proceso debido y con los plazos legales exigidos, como se venían moviendo. En el Parlamento, los grupos partidarios de todos los colores, sin excepción –salvando posiciones individuales– necesitan que sus “potrillos” investigados, imputados, sean salvados para evitarse problemas de proporciones, más aún teniendo a la vuelta de la esquina el inicio de campañas municipales y luego las generales.
Y porque si cunde el buen ejemplo –atendiendo a que las causas fueron abiertas de oficio, por lo aleve de los casos de corrupción–, más pillos engrosarán las carpetas fiscales.
En estos casos, ¿cómo actúan las mafias, las logias, las corporaciones? Eliminando al elemento molestoso, cuestionante, perturbador. No interesan escapularios democráticos ni institucionalidad ni promesas de buena gestión. Hay que salvar al chancho del chiquero propio.
Esta vez, a Arregui le toca ser el pato de la boda...