27 feb. 2024

Culpas

A menudo repartimos muy mal las culpas de las cosas que nos pasan, de las cosas malas, claro.

En mi caso pienso con frecuencia en los empresarios del transporte público de manera no muy amable. Sucede por lo general en las tardes al regresar del trabajo, cuando me veo obligada a compartir el escaso oxígeno, dentro de las unidades del servicio presuntamente preferencial, con decenas de otras víctimas que viajan apachurradas, se empujan unas a otras, se disputan el escaso espacio, a veces incluso desafiando las leyes de la física.

Con las reguladas ya hemos aprendido a convivir. Y, aunque son solo fruto de nuestra fantasía de ciudadanos quejosos, ya que según los empresarios y el Viceministerio del Transporte no existen, nos obligan a aguardar por horas un ómnibus, que cuando llega siempre va lleno hasta el tope. Un gran pedazo de nuestras vidas se pierde en esas horas de viajar parado, soportando empujones, lascivos restregamientos, frenazos inesperados y niños llorones, cuando no es el espantoso programa de radio que le gusta al chofer, ese en el que siempre hay un locutor ignorante, misógino y reguetón.

El transporte público en el Paraguay nos lleva a vivir una aventura diferente cada día. ¿A cuántos metros de la acera va a parar el chofer? ¿Cuál será el día señalado en que acabemos los pasajeros hechos puré al final de una de esas carreras que tanto les gustan a algunos de esos sicópatas con carné de conducir? ¿El brazo o la rodilla? Dónde va a ser el porrazo cotidiano tras el frenazo acostumbrado; y de los molinetes mejor ni hablar; con el famoso billetaje no tienen manera de justificarlos, pero igual nos siguen torturando con ellos.

Agradezco a la señora lectora que ha llegado a este punto, las penurias de la clase trabajadora no suelen tener buen ráting, pero el punto es que el presunto sistema de transporte que tenemos es un verdadero asco. Hay reguladas, hay maltrato a los usuarios, no hay transporte en las noches ni los fines de semana, y al final queremos siempre culpar a los empresarios dueños de los ómnibus, claro que eso es lo más fácil, pero no es tan simple.

El principal culpable es el Estado paraguayo, o mejor dicho, su ausencia. El Estado está organizado, como sabemos todos, dividido en poderes. Ejecutivo, Legislativo y Judicial; en este caso concreto del transporte, cae en la jurisdicción del Ministerio de Obras Públicas, donde hay un Viceministerio de Transporte y es precisamente ahí donde se cuece nuestra cotidiana tortura.

Es por culpa del Estado que nosotros sufrimos las vejaciones y los maltratos todos los días en un ómnibus, y perdemos horas en el horrible tráfico. Es porque a ellos no les importa planificar un mejor modelo de movilidad ciudadana.

Los empresarios hacen su trabajo, que es básicamente ganar plata, a ellos nadie los votó para que le den calidad de vida a la población, y si ellos no prestan el servicio por el cual ganan mucha plata y reciben millonarios subsidios, es el Estado, a través de sus instituciones, el que debe obligarlos a prestar mejores servicios. Por eso, el malvado de la historia está en el Poder Ejecutivo, son los funcionarios quienes no cumplen con sus obligaciones.

El funcionario público, mantenido con nuestros impuestos, tiene una sola función en la vida: prestar un eficiente servicio a la ciudadanía y poner toda su inteligencia, talento, su fuerza de trabajo para darnos calidad de vida a todos. Por ello reciben un salario, cuentan con seguro médico y algunos incluso tienen varios aguinaldos.

El 30 de abril, cuando vayas a votar, no vas a ver en la papeleta el nombre del empresario del transporte, pero vas a ver el nombre del político que es su amigo, el que le permite hacer lo que le da la gana con tu vida y tu dignidad. Yo creo que no tenemos ni sistema de transporte, ni educación de calidad ni salud universal y gratuita ni calidad de vida porque siempre agachamos la cabeza y terminamos votando por nuestros verdugos.

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