Opinión

Cuando la miraba, él se llenaba de deseo

Gustavo A. Olmedo B Por Gustavo A. Olmedo B

“El problema del ser humano es el deseo que tiene dentro. El deseo atormenta, deja intranquilo. El deseo perturbador descubre el vacío que sentimos. Es miseria humana. Hay deseos que no se pueden cumplir, y pensar que nunca dejaremos de desear”. Palabras más, palabras menos. Era el Lic. Kischinich, encargado de la cátedra de Filosofía de un colegio capitalino, a mediados de los años 80. Delgado y elegante, a pesar de su pronunciada edad. Exigente pero noble.

Frente a la mirada de incomprensión –y quizás de extravío total– de estudiantes de 15 años de edad, explicaba fragmentos de la obra Calígula, del célebre Albert Camus. “Quiero lo imposible… quiero la luna”, repetía Kischinich, parafraseando al personaje creado por el dramaturgo francés. Y luego se quejaba, porque “la juventud de ahora”, decía, ya no “desea cosas grandes”.

Contó que cuando miraba a su pequeña nieta, trepando el arbusto para apoderarse de una flor silvestre, también él se llenaba de deseo por el bien y el destino de su “Perla María”. En aquel esfuerzo infantil estaba claro que ella ya tenía sus propios deseos y que tendría que luchar por ellos. “Los deseos no se pueden negar, con ellos se debe negociar”, decía el viejo profesor, con un aire de melancólica frustración, como quien por mucho tiempo deseó alcanzar la luna y no pudo.

Este profe de la adolescencia me volvió a la memoria al leer las expresiones vertidas ayer por el papa Francisco a los jóvenes y adultos, sumergidos en el universo de las propuestas que nacen de la tecnología.

“La época en la que vivimos parece favorecer la máxima libertad de elección, pero al mismo tiempo atrofia el deseo, mayormente reducido a las ganas del momento”, denunció durante la audiencia general.

“Estamos bombardeados por miles de propuestas, proyectos, posibilidades, que corremos el riesgo de distraernos y no permitirnos valorar con calma lo que realmente queremos... Pensemos en los jóvenes, por ejemplo, con el teléfono en la mano, buscan, miran... ¿Pero te detienes a pensar?”, sostuvo.

En este tiempo que nos toca vivir, en donde la confusión y el ruido parecen reinar en muchos niveles, los derechos básicos de la vida se pisotean, la cultura del descarte se fortalece, y el dinero y la comodidad son ideales silenciosos por los que incluso vale la pena dar la vida cada día, quizás valga asumir el desafío de descubrir cuál es nuestro verdadero deseo, como persona y sociedad; cuál es la auténtica necesidad que tenemos, cómo llenar ese vacío que nunca se colma y molesta, más allá de la edad que tengamos.

Somos testigos de una época en donde hablar de deseos profundos suena a filosofía barata. Sin embargo, es factor vital y serio, hasta político, diría, pues el bienestar de una sociedad se funda finalmente en el cumplimiento de la libertad y el deseo humano auténtico; no aquel efímero, emocional o instintivo, diría también Camus.

Hoy recordamos 50 años de la tragedia de los Andes. El suceso despertó el deseo por lo esencial. “Una cosa que tenía clara en la cordillera era que yo no me quería morir… quería vivir, volver a casa”, relata Roy Harley, uno de los 16 sobrevivientes. Y es que los obstáculos no ahogan el auténtico deseo, al contrario, lo avivan.

En medio del ajetreo cotidiano, desafíos profesionales o de subsistencia, reflexionar sobre nuestro deseo como personas no nos hace sentimentales, sino humanos y más realistas ante el abanico de ofertas de posibles respuestas. Quien no desea “está enfermo o muerto”, dicen. Dime qué deseas en la vida y te diré quién eres.

“Les deseo que nunca estéis tranquilos”, decía Luigi Giussani, cuyo centenario se celebra este sábado, y cuyo legado en el campo educativo tuvo como eje las exigencias del corazón, sin importar raza, credo o nación. Alentar el deseo de justicia, verdad y amor que ontológicamente guarda toda persona es la posibilidad de construir en positivo y generar puentes de humanidad, y para cada uno, en su intimidad, la ocasión de volver siempre a casa.

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