Hace un par de años, Elizabeth, una joven alegre y con humor a toda prueba, entró a trabajar en el área de Atención al Cliente de una empresa importante. Siempre le gustó su trabajo, tanto que no le importaba quedarse allí durante largas jornadas. Con tal de conservar su empleo, pensaba que ese era el derecho de piso que debía pagar. Pero luego de dos años, la carga de trabajo se volvió abusiva, se incrementaron las responsabilidades, aunque nunca se vieron reflejadas en su salario. Ella empezó a sentirse irritable, desmotivada y fatigada. Llegaba el fin de semana y no tenía ganas de salir ni ver a nadie.
Esta sensación, denominada síndrome de burnout o cerebro quemado, es conocida como agotamiento laboral y se relaciona con factores físicos y sicológicos como la frustración, ansiedad e irritabilidad, lo que se traduce en una baja de rendimiento o absentismo.
Desgaste emocional
La palabra burnout resulta de la combinación de burn, que significa fuego o quemadura, y out, que es ahora. En resumidas cuentas, es quemarse ahora, en el momento o quemarse en el trabajo.
Este síndrome aparece como una respuesta al estrés laboral prolongado, puntualmente cuando las demandas del trabajo exceden la capacidad de respuesta de una persona. Quienes lo padecen se sienten agotados, cansados y desgastados emocionalmente. “La sobrecarga de estrés en el lugar de trabajo deteriora progresivamente a la persona. Si bien empieza cuando el sujeto se somete al estrés de forma prolongada, también se presenta de forma secundaria un agotamiento físico y mental, la desmotivación del afectado e incluso disminución de su ánimo, presentando tristeza y habilidad emocional, y afectando su interacción con terceros”, explica el siquiatra Derlis Aranda, encargado de la Coordinación y Docencia del Hospital Psiquiátrico.
Para la doctora Sonia Michajluk, médica siquiatra y presidente de la Asociación Paraguaya de Psiquiatras, el burnout no se identifica solo con la sobrecarga de trabajo asociada a la fatiga, sino también con la desmotivación emocional y cognitiva que provoca la falta de correspondencia del afectado con las exigencias de su profesión.
Señales de alerta
Si bien no se encuentra reconocido como enfermedad en los manuales operativos que clasifican los trastornos mentales, según la Asociación de Psiquiatría Americana (APA), la sintomatología que presenta el burnout es muy similar a las manifestaciones de pacientes con cuadros depresivos. En resumidas palabras, se lo considera un síndrome, es decir, un conjunto de síntomas que en sí mismos no definen una enfermedad, pero que se trata de un colapso primero emocional y luego físico.
Cualquier médico, así como sicólogos, están capacitado para diagnosticar este síndrome. “Los pacientes acuden al médico clínico por agotamiento. Ahí se sugieren estudios generales para determinar la eventual presencia de otros problemas a través de análisis de sangre, orina, electrocardiograma, entre otros. La derivación a sicología o siquiatría suele darse luego de descartar algún trastorno evidente de los diferentes aparatos (cardiaco, respiratorio o nervioso). Muchos clínicos dan un diagnóstico de estrés, depresión o surmenage, que es el más vinculado a esta fatiga”, aclara Aranda.
Básicamente, el primer indicio de del síndrome del cerebro quemado es la manifestación de cansancio. El afectado empieza a notar que su rendimiento ha ido alterándose progresivamente, puede sentirse tenso, quejarse de contracturas musculares, dolor generalizado, molestias relacionadas con la digestión de alimentos, gastritis, dolores de cabeza, irritabilidad, insomnio y hasta pesadillas.
El tratamiento farmacológico se debe adaptar individualmente según el estado de cada paciente. Se utilizan antidepresivos, ansiolíticos, entre otros medicamentos, acompañados de estrategias de técnicas de respiración, relajación, manejo del estrés, incluyendo actividades físicas o deportivas. “Es importante que la persona aprenda a separar los momentos, que en la medida de lo posible no permita que el trabajo interfiera en otros aspectos de su vida, como la familia, los amigos o los tiempos de ocio”, añade el especialista.
A su vez, Michajluk aclara que el inicio temprano del tratamiento favorece la evolución del trastorno. “Cuanto antes el paciente reconozca y acepte que necesita ayuda, mejores serán las perspectivas del tratamiento”, considera.
Mal de este siglo
El síndrome tiene características que Beatriz Benítez, sicóloga clínica con postgrado en Economía Social, define como el cansancio emocional. “La despersonalización, actitudes negativas o pérdida de sensibilidad con las personas del trabajo, y falta de realización personal, son algunas señales. Tiene un sentimiento negativo sobre sí mismo, el profesional suele sentirse infeliz y descontento consigo mismo y su labor”, detalla.
Las investigaciones acerca del estrés laboral revelaron que estaban expuestas las personas en contacto directo con pacientes, clientes y usuarios; por lo cual es fácil definir que personal médico, sicólogos, trabajadores sociales, terapeutas y policías son los más propensos a padecer este mal.
Y si bien no existen estadísticas sobre la afección de este síndrome, estudios actualizados demuestran su prevalencia en docentes y apuntan a que las mujeres presentan mayor prevalencia que los hombres, por el doble rol en el que se desenvuelven entre el trabajo y la familia.
¿Estamos ante la nueva epidemia del siglo? Benítez considera que siempre existió este síndrome, solo que el estilo de vida ajetreado actual hace que se presente en mayor proporción y que su evolución sea más rápida.
Los profesionales coinciden en que lograr una mejor conciliación entre la vida privada y la vida laboral es el primer paso para una buena salud mental.
Texto: Fátima Schulz Vallejos / Ilustración: Fernando Franceschelli.
Cuando los síntomas aquejan
• La presión laboral afecta la autoestima como profesional y como persona.
• Dificultad para levantarse por las mañanas.
• Alteraciones del sueño.
• Constante irritabilidad y sentimientos de frustración.
• Autovaloración negativa del trabajo y de la persona en sí.
• Agotamiento crónico, cefaleas, molestias musculares y de espalda.
• En casos extremos, puede sufrir depresión severa.