Por Mario Casartelli |
Amigos de Ramala me acercan hasta la terminal de ómnibus que habrá de llevarme a Jerusalén, ciudad donde se encuentran la Explanada de las Mezquitas, compuesta por los templos de Al-Aqqsa y la Cúpula de la Roca, devocionada por los islamistas, y también el Templo de Salomón, en donde se levanta el Muro de los Lamentos, sagrado a los judíos. Subo al bus y mis amigos se quedan, porque les está vedado el ingreso. Me dicen que ningún palestino de extramuro puede hacerlo. En el transporte hallo casualmente a una pareja de jóvenes españoles, a quienes conocí hace días en Belén. Llegamos al check point de Kalandia, punto que separa a Ramala de Jerusalén, en la entrada custodiada por los israelíes.
Descendemos para exhibir nuestros respectivos documentos, mientras el mismo bus nos espera tras esa frontera. Nada sería inquietante si allí mismo no tuviera inicio el muro de unos seis metros de alto ni se exhibiese en el suelo algo curioso: un enorme rollo de alambre de púas. ¿Es una escultura artística? En ese frente se alzan, a la vez, cuatro moles circulares de cemento, que son torres de aproximadamente 12 metros de altura, rodeadas de ventanillas que ofician de tronera y control. Intento tomar fotos, pero los españoles me sugieren no hacerlo. “Si te cogen, te llamarán por los altoparlantes y te pedirán la cámara para borrarlas”. Opto por evitar problemas.
Por unos pasajes medidamente estrechos de rejas de hierro avanzamos en fila india. A través de intercomunicadores electrónicos nos presentamos, no sin antes depositar en cajas corredizas los objetos que portamos. Igual que en los aeropuertos, excepto los férreos pasillos.
Finalmente, entramos en la zona Este de la ciudad, que es el lado palestino, y al poco tiempo desciendo frente al Hotel American Colony, en una avenida de Israel, donde un periodista palestino que vive en esos alrededores me espera, para llevarme a recorrer, ver y escuchar cosas referentes a estos dos pueblos que no encuentran el modo de alcanzar la paz. Y el muro lo hace aún más difícil.
El periodista me dice que antes del muro podía visitar la casa de sus tíos en un solo minuto, porque bastaba con cruzar la calle. Pero ahora debe realizar un recorrido que le demanda una hora. Le menciono lo del Muro de Berlín, y me responde: “El Muro de Berlín dividía dos Estados, pero aquí el muro lo implanta el Gobierno de Israel no solo para marcar zonas de ocupación, sino también para hacer más discontinua la territorialidad entre palestinos y palestinos”. He visto a palestinos expulsados de sus casas, quienes están instalados en la vereda, contemplando a judíos que ahora las ocupan, con banderas israelíes en los techos. Otro ejemplo: nadie puede ir a Gaza ni salir de ella. Yo tampoco podría hacerlo, aun siendo extranjero. El poeta Ahmad Yacoub, a quien entrevisté, tiene a su esposa y a tres hijos allí. Y desde hace un año y medio no pueden reencontrarse. Me dicen que es decisión del Gobierno de Israel.