Opinión

Crisis y afición

Carolina Cuenca

Me preguntaban mi opinión como pedagoga sobre si los niños deberían seguir estudiando sus lecciones en la larga cuarentena o no.

Es una pregunta que encierra prejuicios y también percepciones diversas sobre la realidad.

Prejuicios tales como que estudiar es sinónimo de formalismo sin significado para la vida real, que es tedioso y aburrido porque una cosa es estudiar y otra cosa es vivir.

Y percepciones sobre lo que son la libertad y el deber, porque lo que entra en la categoría deber, según muchas corrientes, se sale de la categoría liberad. También están las percepciones sobre lo que es importante en la vida y cuánto ayuda o entorpece el “estudiar tanto”. Y no faltan quienes sentencian que para los pobres no cabe el estudio.

En cuando al prejuicio, ¿por qué estudiar está desacreditado? Quizás porque los adultos hemos perdido el norte en cuanto a cómo nos ubicamos nosotros ante la educación. Es posible que tengamos una división interna sobre cómo la etiquetamos mental y socialmente; es decir, por un lado, en la práctica, como una carga negativa, como una pérdida de libertad. Si bien, por otro lado, en los discursos siempre escucho loas a los que se destacan en sus estudios y acaloradas defensas del derecho a la educación de calidad. Pero resulta que en la práctica basta colocar un desafío o salir un poco del guion que nos imponen la mediocridad o la rutina y ya saltan los prejuicios contra el estudio, parece cosa de gente ociosa.

Muy poco se relaciona el estudiar con la creatividad o la capacidad de generar nuevas ideas que producen soluciones originales. La creatividad estaría también en otro carril diferente del estudio y esto no es verdad. Recordemos a Einstein y su afición por las ecuaciones y el violín.

Estudiar es un término venido a menos, pero aprender, no, por suerte. Entonces, si podemos hacer que estudiar vuelva a ser sinónimo de aprender, poniendo en juego nuestra persona y tomando en cuenta todos los factores de la realidad, podremos lograr una mayor adhesión y simpatía hacia el estudio, con sistema de control o sin él.

En cuanto a las percepciones de la realidad que están detrás de nuestro sentir sobre el estudio, tendríamos que dar un paso de madurez hacia la libertad, no solo como capacidad de elección, sino como una adhesión voluntaria al bien que nos merecemos y que deseamos.

No se trata solo del Estado, aunque sabemos que tiene una gran responsabilidad, sino de la valoración social y comunitaria de este bien llamado trabajo, obra del espíritu humano. Valorizar el estudio va de la mano con valorizar el trabajo.

La cuarentena como crisis es también una provocación, sobre todo a nuestra libertad. Si la tomamos solo como preocupación, nos hundimos y perjudicaremos a nuestros niños que, objetivamente, necesitan seguir observando, experimentando, aprendiendo y, por tanto, estudiando; eso, sí, con contenidos cargados de significado y con disciplina, porque, como dicen los japoneses, la disciplina triunfa incluso sobre la inteligencia.

Recordemos que studium en latín quería decir “empeño”, “afición” por aprender con cariño y gozar, significaba dedicarse a algo con gusto y libremente, y esto implicaba también una disciplina para estudiar, entender, disfrutar y aprovechar mejor. Por eso, los pobres y todos estamos llamados a revalorizar el estudio y todo aquello que nos ayuda a progresar y nos aleja de la corrupción y el vicio; nadie está fuera de este desafío.

He ahí el valor de trasmitir a los niños, sobre todo con el ejemplo, de que es importante, justo y leal con uno mismo aplicar nuestra inteligencia y entendimiento para hacernos preguntas, adquirir conocimiento y buscar respuestas. Muchas personas de condición humilde nos han dado cátedra de sacrificio y creatividad en este tiempo de crisis. A sus hijos les debemos la oportunidad de estudiar para salir adelante.

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