Opinión

Crisis

Sergio Noe

Elena perdió su trabajo de un día para el otro por el Covid-19. Víctor pasó de enseñar con la pizarra a dictar sus clases con la cámara web desde su casa por la pandemia. Ernesto, que tenía su restaurante, comenzó a implementar el servicio de entregas a domicilio en el momento que menos imaginó. María y Andrés se quedaron a trabajar a distancia desde sus casas y asistieron a sus hijos con las tareas del colegio, además de cargar con las faenas del hogar, para cumplir con la cuarentena.

Martín murió de un paro cardiaco porque no pudo llegar al hospital y Verónica pereció por no poder costear el oneroso tratamiento para el cáncer. En una laguna, se contemplaron centenas de peces que murieron a causa de diversos contaminantes hallados en el agua. Toneladas de basura no caben más en los vertederos de las ciudades, y otros perdieron sus casas por las inundaciones o las sequías.

La gobernabilidad y la democracia de un país de primer mundo, como Estados Unidos, se vieron envueltas recientemente en una insólita amenaza que conmovió al orbe. Una turba de seguidores del presidente Donald Trump ocupó forzosamente el Capitolio, buscando impedir la ratificación de la victoria de Joe Biden, en una escena más que digna de un ataque de Atila y los Hunos, o similares a un golpe de Estado en una república bananera y tercermundista.

Mientras el mundo es capaz de alimentar a todos, paradójicamente se hunde en la pobreza y la desnutrición; y la ciencia avanza a pasos agigantados con medicinas y tratamientos para prologar y mejorar la vida, pero contradictoriamente se aprueban legislaciones a favor de la muerte, como la eutanasia y el aborto.

Hoy más que nunca existe la libertad de elegir parejas y casarse, pero en diversas regiones del mundo, como las zonas asiáticas, existen altas tasas de soltería. En este siglo XXI, donde pueden implementarse las energías renovables y no contaminantes, la voluntad del sector político y económico aún cede al atractivo de las energías fósiles.

En esta tierra donde la economía alternativa y solidaria puede expandirse para beneficio de muchos, el capital sigue prevaleciendo como fuerza motriz; y en un mundo capaz de vencer las distancias gracias a internet y que goza de plenas libertades de expresión gracias a las nuevas tecnologías, es sin embargo víctima de censuras al pensamiento y las palabras.

Irónicamente, ni el mismísimo Trump, pese al cargo que aún ostenta y a su cuestionable conducta, fue capaz de expresar sus palabras, ya que Twitter impuso una censura, cuestión que podría ocurrirle a cualquiera y no a los dictadorcillos de otras regiones del mundo. Las compañías tecnológicas aplican una censura selectiva e injusta, se erigen como los nuevos jueces que deciden quién habla en la esfera pública de lo virtual. Así, echan por tierra el principio de la libertad de expresión o de la imposibilidad a la censura previa, fundamentos de una democracia que tardaron años en consolidarse.

En tanto, la ética en la ciencia y la medicina se subordinan al capital de quien puede pagar por un tratamiento costoso; la fuerza de la destrucción es posible para quien detenta armas más poderosas; y la depredación de la naturaleza, fuente de nuestra vida, es atacada inmisericordemente y finalmente pagamos las consecuencias con el cambio climático.

Atestiguamos una profunda crisis, donde los cambios serán inevitables. Pareciera ser la decadencia de una civilización que debe dar lugar a otra. Hoy podemos hablar, pero otros deciden si lo hacemos o no; podemos vivir, pero otros dictaminan eso; y podemos ser más justos y menos pobres, pero otros lo niegan. Pese a que jugamos a ser dioses en diversos aspectos, ni la ciencia, el poder o la economía ostentada por un hombre o grupo podrá extender la vida. Un mundo soberbio que perdió su propio respeto y creencia en el más allá, perdió su rumbo. Solo una conciencia humilde de algo más grande que nos hace y dignifica generará una civilización nueva.

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