Opinión

Crecer en medio de la pandemia

Gustavo A. Olmedo B.

Nadie se hubiera imaginado un año como este, un 2020 con este panorama tan inesperado como preocupante y sombrío. Todos queremos despertar del sueño. Seguimos pensando solo que se trata de un mal momento que debe pasar.

La realidad nos golpea fuerte y la pandemia nos desafía. Aguantar o vivir, ese es el reto; aprender de la realidad crítica, construir en medio de la dificultad. En tiempos de crisis se quedan al descubierto nuestras convicciones y dudas; las teorías se desploman y solo se sostienen las experiencias y certezas. Las debilidades y virtudes salen a flote.

Triste sería perdernos esta oportunidad. Se puede y se debe vivir, no aguantar; y si necesitamos ayuda, pidámosla. Hay algo en esta realidad tan dramática que está destinado al crecimiento personal, de lo contrario no tendría sentido para nadie. Esto no es un sueño, es la realidad y no la puedo vivir como algo frente al cual cada día solo pretendo cerrar los ojos. Aguantar no es un camino adecuado, al final terminaremos ahogándonos. Estamos viviendo un tiempo para aprender y crecer.

En un hospital de Lovere (Italia), un hombre de 72 años, el sacerdote Giuseppe Berardelli, enfermo del coronavirus (Covid-19), falleció hace unos días en Italia, luego de que rechazó el respirador que necesitaba para que se lo dieran a un paciente más joven. ¿Qué certezas debe tener una persona para tomar una decisión semejante? ¿Qué paz debe vivir un hombre de esta edad para no huir de la muerte?

Sin dudas no significa no tener miedo, sino una esperanza y experiencia positiva de la propia vida, una conciencia de pertenencia existencial que supera toda adversidad. Esta pandemia nos obliga a mirar lo esencial y al otro como un bien.

Y con esta pandemia también se dieron acciones que imaginábamos imposibles. Y es que al final se podía y se puede. Era posible ahorrar gastos superfluos en el Presupuesto General de Gastos de la Nación; donar salarios en favor del sistema de Salud nacional, trabajar a distancia en favor de una mayor presencia en la casa, tomar en serio una problemática sin mucha burocracia, aprender hábitos de higiene, colaborar entre todos.

De un momento a otro, estamos viendo que es posible despertar la creatividad para buscar nuevas formas y fuentes de trabajo y que podemos y debemos ser solidarios con aquellos sin empleo; que vale escuchar nuestra música, disfrutar de un concierto on line y hasta hablar de Dios y pedir oraciones, sin que esto despierte automáticamente alguna burla o se lo vea como una propuesta desubicada.

Vemos que es posible aprender a estar en la casa y descubrir que se trata de un lugar para convivir y crecer, educar y educarse; “¡Hace cuánto que no nos veíamos tantas horas seguidas”, me decía una mujer en una conversación, con relación a la experiencia en su hogar.

Este podría ser el inicio de una nueva forma de vida y convivencia, un fenómeno que nos permitirá avanzar como especie hacia nuevos rumbos, valores y horizontes, asumiendo nuestra vulnerabilidad.

Más allá de todo, está claro que, de alguna forma u otra, jóvenes y adultos estamos fijando la mirada hacia otros aspectos de la vida; están surgiendo preguntas nuevas y renaciendo otras ya olvidadas: ¿Qué pasará si me toca el virus? ¿Cuál es el valor de la vida, si al final estamos a merced de un enemigo altamente destructivo e invisible? ¿De qué vale tener todo o tanto si al instante podríamos perderlo en una cama de hospital? y otras más.

Estamos llamados a aprovechar el tiempo, a construir y ganar aún en medio del encierro, el dolor y la incertidumbre. Es la vida a la que estamos convocados ahora, en el presente, no para cuando “vuelva la normalidad”. Si un hombre de 72 años puede tener la serenidad de entregar la vida por la de otro, es porque el ser humano es capaz de descubrir aquel valor por lo que vale vivir o morir; de abrazar al semejante aún en medio del dolor y la desesperación.

Dejá tu comentario