13 abr. 2026

Con 75 años Moroder revive la edad de oro de la música disco

Con 75 años y a casi 3.000 metros de altitud, Giorgio Moroder, la leyenda de la música electrónica, revivió esta noche en plena cordillera de Los Andes la edad de oro de la música disco ante 2.000 privilegiados espectadores.

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Con 75 años y a 3.000 metros Moroder revive la edad de oro de la música disco. Foto: www.noise11.com.

EFE


El compositor y productor italiano fue la estrella de la primera edición en Sudamérica del Corona Sunsets Festival, un evento que ya ha incendiado el crepúsculo en lugares como Ibiza, Shanghái, Toronto, Weston Super-Mare, Rimini y la Riviera Maya, aunque esta de Chile fue la primera versión invernal.

En la cordillera andina, un lugar idóneo para contemplar la puesta del sol, se dieron cita los participantes de este “rave” con aforo limitado y entradas agotadas. La mayoría de ellos ni siquiera había nacido cuando el padre del “dance” sacó su penúltimo disco en solitario, “Innovisions” (1985).

Pero ésta no ha sido la única ocasión en la que la música del mago de los sintetizadores escala las alturas. En 1994, el alpinista italiano Reinhold Messner, famoso por conquistar los 8-K sin ayuda de oxígeno, grabó un compacto con un grupo tirolés que interpretó música compuesta por Moroder.

Treinta años después de su último álbum en solitario, este año, la leyenda de la música disco se animó a editar “Déjà vu” (“Ya visto”), un álbum en el que han colaborado artistas como Sia, Britney Spears y Kylie Minogue.

Poco antes, Daft Punk lo había sacado de su letargo cuando le invitaron a su estudio de París. Ahí nació “Giorgio by Moroder”, un tributo del dúo francés a su inspirador en forma de composición electrónica de nueve minutos incluida en el álbum “Random access memories” (2013).

Hoy, el ganador de tres óscares por los temas de “El expreso de medianoche” (1978), “Flashdance” (1983) y “Top Gun” (1986), arrancó su actuación cuando faltaban quince minutos para las ocho de la noche y en la cordillera empezaba a oscurecer.

El sensual tema de su musa y cómplice Dona Summer, “Love to love you baby”, fue la palanca que utilizó para poner en marcha la potente maquinaria sonora que, en apenas 75 minutos, recorrió 40 años de la historia de la música electrónica.

Emblemáticas piezas de la edad de oro del disco se fundieron con las últimas tendencias. El trío de dj’s estadounidenses Pillowtalk, el australiano Cassian y los chilenos Alex Anwandter, Fat Pablo y Karin Von Mühlenbrock habían sido los encargados horas antes de elaborar la mixtura en la cima de la cordillera.

El carrusel musical de Moroder llevaba al público del sonido disco a la electrónica, pasando por sus grandes éxitos en los 70 y 80 como “Call Me” de Blondie, “I Feel Love” de Donna Summer y “What a Feelin” de Irene Cara.

El domo de la estación de esquí se transformó en una imaginaria pista de Studio 54, la legendaria discoteca neoyorkina frecuentada por las estrellas más glamourosas de los setenta, aunque también había espacio para la música de los jovencísimos Ellie Goulding, Icona Pop y Avicii.

Hay dj’s que acumulan años y canas. Ahí están Bob Sinclar (46), David Guetta (47) y Tiësto (46), pero Moroder, que empezó a pinchar hace apenas un par de años, se lleva la palma.

Unos arreglos electrónicos, unos auriculares y una gorra puesta del revés bastaron para que “il Commendatore” fuera capaz de quitarse 40 años de un golpe.

Convencido de que los “Los 74 son los nuevos 24" -como reza uno de los temas de su ultimo trabajo- Moroder no tuvo problema en conectar con la joven generación que acudió hasta el centro invernal para rendirle tributo a la leyenda.

"¡Ahora, todo el mundo a cantar conmigo!”, pedía en un castellano pausado. Y dicho y hecho. Dos mil gargantas tarareando el tema “Tom’s Dinner” de Suzanne Vega en la versión que el productor italiano le endosó a Britney Spears en “Déjà vu”. La invitación incluía una coreografía con sus brazos tan naïf como efectiva.

“Hot Stuff” fue la sorpresa que tenía reservada para despedirse. Mientras una veinteañera subida a los hombros de su amigo le lanzaba a besos a menos de tres metros, Moroder se reía de forma pícara. De repente, el hombre de 75 años se había transformado en un niño que disfrutaba el momento. Su momento.

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