En algunas esquinas, la flor de coco trata de impregnar con su perfume el ambiente donde la pólvora deja su huella en las fosas nasales.
El murallón de sandías espera en cada esquina, mientras los melones, piñas y otras frutas aguardan el gran encuentro anual en el clericó.
“Navidad es llenar con luces blandas/ la penumbra de todo ser humano”, dice en uno de sus versos el poema Navidad, de José-Luis Appleyard.
En las avenidas, los autos, colectivos, motos y todo tipo de vehículos muestran a sus conductores con esa penumbra, donde pierden de vista la cordura y la prudencia.
Ese océano de ruedas y motores, que en el 2025 supera 3.200.000 unidades en Asunción y Gran Asunción, se llena de tiburones que ansiosos devoran el asfalto con el pie sobre el acelerador.
Son los días cercanos a la noche de paz, sobre todo las horas previas, parecen días de guerra sin declaración previa.
La paciencia está ausente al volante, mientras la fila avanza lentamente. Los motores roncan, el cuerpo suda y cualquier roce es un Hiroshima y Nagasaki en potencia.
En estas jornadas en que la humedad convierte el asfalto en un tatakua que no discrimina a nadie, la lluvia suma nervios a raudales.
En las atestadas avenidas del Mercado 4, el motor ronca y los ojos fijos e inyectados cronometran el cambio de luz. Entre cartones mojados, frutas aplastadas y bolsas tiradas, cruzan humanos y animales por la esquina donde humea el asadito, mientras, con su carretilla de metal, un hombre de edad atraviesa el caos gritando: “¡Permiso, permisooo!”.
Con menos densidad por metro cuadrado que el mercado, las grandes avenidas en lujosas zonas también tienen el mismo nivel de crispación del sistema nervioso.
En estas rutas, los vehículos de alta gama van esquivando con impunidad al resto del tránsito, avalados por su tamaño y porque sale caro tener un roce con ellos.
La alteración no solo está presente cuando uno está al volante. También los viajes al interior tienen sus propias postales en estas fechas.
Entre los casi 120.000 pasajeros que utilizan la Estación de Buses de Asunción (EBA), para ir a pasar las fiestas en sus patrias chicas, uno verá familias enteras o solitarios emprendiendo el viaje.
Maletas, bolsos y distintas cargas estarán combinándose con guardas nerviosos y reclamos airados de quienes deberán hacer el trayecto parado durante varias horas.
No puede descartarse que uno sea público involuntario de un inolvidable moquete en cualquier parte. Luego, en pleno brindis, con los ánimos más calmados, se reflexionará y pensará que la locura no fue para tanto.