- Alma Segovia
- psicóloga
La llegada de las fiestas de fin de año suele provocar emociones encontradas. Algunas personas están encantadas con la perspectiva de volver a conectarse con conocidos; otros están interesados en las reuniones, brindis y entrega de regalos; aun otros están bajo la presión de la noción de terminar un ciclo y todo lo que conlleva.
El paso de un año a otro trae consigo numerosas reflexiones que no ocurren todos los días, desencadenando efectos psicológicos el hecho que el calendario “cambie”.
Según un resumen científico de la Organización Mundial de la Salud, la prevalencia global de ansiedad y depresión aumentó un 25% en el primer año de la pandemia, por lo que el cambio de 2022 a 2023 es significativo. Además, los efectos de este pequeño adelanto de calendario sobre la salud mental pueden ser un factor en el desarrollo del llamado síndrome de fin de año.
¿Qué le sucede a la mente, entonces, si este “equilibrio” de lo sucedido resulta ser más negativo que positivo? Es una de las reflexiones que suscita la fecha.
Tenemos problemas, y cuando se acaba el año y no se han resuelto, pasamos por una fase de autoculpabilización que puede convertirse, incluso en melancolía, es una condición en la que aumenta la tristeza, la insatisfacción y la presión por sentirse feliz. Debido a los numerosos temores y posibles decepciones, los episodios de ansiedad y depresión son comunes.
Algunas personas esperan el final del año con preocupación y anhelo por los objetivos que no pudieron lograr, y el 31 de diciembre representa la manifestación de esta ansiedad a la luz del desempeño pasado y lo que se puede anticipar en el futuro.
La razón por la que el fin de año está tan cargado de emociones tiene que ver con la forma en que conceptualizamos el tiempo. Sobre los ciclos pensamos mucho. Es una característica de cómo funciona nuestro cerebro que está influenciado por la cultura. Se cree que uno de esos ciclos y un conjunto de oportunidades llegó a su fin a principios de año.
El evento es un punto de inflexión significativo que inspira reflexiones sobre lo que sucedió, lo que dejó de suceder, las promesas cumplidas o rotas, las pérdidas y las ganancias. Nuestro cerebro crea un maravilloso balance de todo lo que hemos pasado en los últimos 365 días, que dependiendo de lo que haya ocurrido, puede hacernos felices o tristes.
Para disminuir la autoculpabilidad se recomienda darse cuenta de que muchos factores están fuera del control de una persona. Como resultado de la pandemia, vivimos dos años de estancamiento, durante los cuales no se cumplieron muchos objetivos, no por fallas individuales.
Cuando se trata de fomentar el síndrome de fin de año, las expectativas poco realistas son un factor que contribuye al problema. No es una buena idea comenzar el año con la expectativa de que se puede manejar todo de manera diferente o mejor, ya que este es un error común que cometen quienes establecen expectativas poco realistas y luego se decepcionan cuando no se cumplen.
Se aconseja ajustar las expectativas a la realidad y dejar claro que no todo está bajo control para que el final del año no se traduzca en esta decepción.
Nuestras mentes ven un nuevo año como el comienzo de un nuevo ciclo, y podemos adoptar nuevas emociones que nos hagan sentir mejor. El cambio, en esencia, es una cuestión de actitud que comienza con el individuo.