13 ene. 2026

Celibato, castidad, fidelidad

“Tan pecado es que un célibe tenga relaciones sexuales con cualquiera, como que el casado las tenga con alguien distinto a su pareja.”

José L. Caravias, sj

Está sobre el tapete el tema del celibato de los sacerdotes.

En este interés se encierra quizás algo de morboso. A veces, indignación. Puede ser que fascinación... Pululan las opiniones, de todos los tipos, muy contradictorias. Se mastica crujiente el humo de la confusión. Mal sabor de boca. ¿Está todo podrido? ¿Quedan esperanzas de algo limpio en nuestra sociedad?

Quizás algunos, en el fondo de su ser, se alegran de la suciedad reinante. Así se notarán menos sus pringosas manchas, cada vez más inmensas...

Otros, los no tan sucios, quedan paralizados, con picantes sarpullidos recorriendo su humanidad. No saben si rascarse, si lavarse o si aguantarse... ¿Qué camino tomar? ¿Rabia, desesperación, quemeimportismo..., o sondear caminos de esperanza?

Desde mi atalaya en el Centro de Espiritualidad donde trabajo, ausculto el corazón agitado de muchas personas, confundidas, desanimadas.

La primera confusión parece que nace de la ignorancia sobre el tema. Se confunde celibato con castidad, Iglesia con Jerarquía, sacerdocio con impecabilidad, perdón con impunidad, santidad con hipocresía.

Como punto de partida, quiero asentar que estos temas sólo se entienden a fondo desde la fe en Jesucristo. Estamos hablando de vocaciones cristianas, que vienen de Cristo, y sólo Él nos las puede hacer vivir a plenitud. Al celebrar un sacramento eclesial, Jesús se compromete con nosotros y nosotros con él. Al que no cree vivencialmente en Jesucristo, le faltan elementos básicos para entender este tema.

La castidad la debemos guardar todos los cristianos. Se trata sencillamente de no cometer pecados sexuales. Tanto esposos como célibes estamos comprometidos a ser fieles a nuestra vocación cristiana. Tan pecado es que un célibe tenga relaciones sexuales con cualquiera, como que el casado las tenga con alguien distinto a su pareja. Los dos prometieron fidelidad, apoyados en las energías del Resucitado.

El celibato consagrado nace de un llamado de Dios. No tiene nada que ver con la solteronía. Ni mucho menos con el desprecio al otro sexo. Es necesario un serio discernimiento para ver si Dios le llama a uno a este estado de vida. Y después mantenerse en íntimo contacto con Dios. En caso contrario, es imposible vivirlo.

Y el matrimonio cristiano también nace de un llamado divino. No se trata sólo de la unión por amor de un hombre y una mujer. Es necesario experimentar la presencia activa de Jesús en su mutuo amor. Si no, no hay sacramento.

Los célibes no sólo renunciamos al matrimonio, sino a todo ejercicio activo de nuestra genitalidad. Pero eso no quiere decir que renunciemos a la complementariedad del otro sexo o al ejercicio responsable de la paternidad o maternidad. Debemos saber mantener abundantes amistades sinceras y profundas con personas del otro sexo sin implicaciones afectivo-sexuales. Y ayudar a mucha gente a crecer, con delicadeza materno-paternal. El celibato bien llevado, sin duda alguna, es fecundo espiritualmente. Y siempre habrá hombres y mujeres que sientan este llamado y, apoyados en Cristo, lo pongan al servicio de su Iglesia.

Matrimonio o celibato son dos tipos de vocaciones cristianas. Y el sacerdocio también. Pero celibato y sacerdocio no tienen por qué ir siempre juntos. Conozco jóvenes fervorosos que sienten que Dios los llama al sacerdocio y al matrimonio a la vez. Y dadas las leyes actuales de la Iglesia romana, quedan profundamente frustrados.

Por definición, todo sacerdote religioso debe ser célibe. Pero no así el diocesano. Roma, por causas especiales de abusos en el siglo XI, obligó al celibato a todo sacerdote. Pero en la actualidad, también por causas especiales de graves abusos, el celibato debería ser una opción voluntaria para los sacerdotes diocesanos. Los religiosos, en cambio, por opción libre, elegimos una vida celibataria consagrada a Jesús y su Reino. El o la que no sea capaz de vivir maduramente sin pareja, no debe entrar en la vida religiosa; y si ya dentro siente que no es para eso, que se salga antes de amargarse la vida, pues Dios jamás pide imposibles, ni menos aun frustrar la felicidad de nadie.

No se le puede llamar apóstata o traidor a todo sacerdote o religioso/sa que dejen su compromiso. Conozco abundantes casos en los que, después de un serio discernimiento, han visto claro que Dios les llama a otro estado de vida. En algunos casos, salir de la vida celibataria es fidelidad a Dios. Por eso no debemos juzgar a nadie, sobre todo si no conocemos sus motivaciones.

También, cierto, en muchos casos se trata de personas que han dejado por largo tiempo su contacto vital con Cristo, y por consiguiente se quedaron sin energías para mantener las exigencias de su compromiso.

No se solucionará nada permitiendo que los sacerdotes se casen. El sacerdote mujeriego, que por desgracia hay más de la cuenta, difícilmente solucionará su problema casándose. Sexualidad machista descontrolada es una seria enfermedad difícilmente curable, que se da tanto entre los sacerdotes como entre los laicos.

El único camino de esperanza es una vida espiritual seria, madura, cristocéntrica. Discernimientos vocacionales bien hechos, para ver con sinceridad qué nos pide Dios a cada uno en cada momento. Contacto permanente con Jesucristo y su Espíritu. Si el celibato es un don de Dios, no se puede vivir sin Dios.

A un plazo ojalá cercano ayudará la ordenación sacerdotal de hombres casados maduros en su humanidad y en su fe cristiana. Y más adelante, a mujeres responsables, casadas o célibes, capaces de desarrollar su feminidad al servicio de la Iglesia.

El Espíritu sopla donde quiere. No podemos intentar encajonarlo en estrechos pasadizos a los que la vejez llenó de mugre. El Espíritu de Jesús es siempre creativo. Limpio. Hermoso. Él nos incita a sembrar la semilla eterna del Evangelio en las tierras emergentes del hoy. Necesitamos buenos sacerdotes, buenos religiosos/as, buenos catequistas, a partir de opciones libres de fe, una fe cada vez más madura, capaz de responder a los interrogantes de nuestro tiempo.

Confieso que disfruto la madurez de mi vida celibataria, don de Dios, como capacidad maravillosa de amar de veras a muchísima gente, sin ataduras afectivo-sexuales.