Qué terrible noticia, querido Pablo, la que nos estremeció en la calcinada tarde del jueves. Qué terrible regresar otra vez, como en un siniestro túnel del tiempo, a esa angustiosa tarde de hace 23 años, cuando mataron a Santiago Leguizamón en otra frontera, también intentando acallar su voz incómoda. O a ese otro luctuoso día, hace 13 años, cuando mataron a tu hermano Salvador en los montes de Canindeyú, para que deje de denunciar el tráfico de rollos de madera, la siniestra red de corrupción y narcopolítica que se ha ido adueñando de los territorios de la patria.
Me acuerdo cuando nos abrazábamos para darnos coraje, en esos encuentros de periodismo de riesgo, en que supuestamente nos adiestraban para burlar al peligro. Sobre todo de aquel curso para corresponsales de guerra que nos tocó asistir juntos, en Buenos Aires, hace ya algunos años. Fue allí donde alguien te puso de apodo Chupa Pou, porque unos días antes te habían tomado de rehén los indígenas aché de dicha comunidad, junto a otros colegas, en su conflicto de tierras.
¿De qué sirvió tanto entrenamiento para escapar de la muerte, querido Pablo...? Cinco certeros balazos de sicarios acribillaron tu tenaz labor informativa, junto con los jóvenes sueños de tu colaboradora Antonia Maribel Almada, en una desolada y roja carretera de Canindeyú.
Triste país este, que a veces parece avanzar con luces de esperanza, y en otras retroceder terriblemente hacia los tiempos más grises y las prácticas más oscuras. En estos días, cuando un estudiante chileno fue secuestrado por la policía, como si viviéramos en las peores épocas de la dictadura, me pregunté cuál sería la próxima mala noticia. Nunca creí que sería tu muerte, la que hoy nos estremece.
Reitero mi gran abrazo de solidaridad a todos los colegas del diario ABC Color, y a todos los periodistas hombres y mujeres, con quienes comparto este hondo pesar, esta dura indignación, y sobre todo esta certeza reafirmada de que no acallarán nuestra voz, ni lograrán que retrocedamos en nuestra tarea de seguir contando lo que pasa, junto a la gente, siempre con la gente, que al final es la única que quizás nos puede proteger.
Pablo, querido, estés donde estés, seguramente ya reunido con Salvador: en tu memoria hago un brindis como aquella madrugada de risas y de abrazos. En tu homenaje, unámonos más que nunca, para vencer al miedo, para darnos coraje, para estar juntos con la gente. Y no nos cansemos de exigir justicia, en tu nombre y en el de todos nuestros colegas asesinados, así como el de todas las víctimas de un estado de terror, casos que en su mayoría siguen en la total impunidad.