Me hubiera complacido en extremo tener un presidente al cual pueda dirigirme diciendo: Señor presidente. Pero resulta imposible, pues es el hombre el que honra al cargo y no a la inversa. El cargo es pasajero y la condición de Señor no se adquiere ni con los años, ni con dinero y mucho menos con acceder a algún cargo.
La condición de Señor exige ser dueño de una vida decente, honesta y responsable. Es por ello que me resulta imposible, como a muchos otros ciudadanos y ciudadanas, dispensarle ese trato que va más allá de reglas de urbanidad y educación, porque en realidad es una distinción reservada a unos pocos.
Ese trato se merecen los varones de verdad, los que no defraudan la confianza puesta en él, los que se comprometen con su sola palabra, pasando la rúbrica a un segundo lugar porque con ello empeñan la honra de sus padres e hijos, los que practican la paternidad con conciencia y responsabilidad y no echan mano a chicanas jurídicas para evitar las pruebas legales que arrojarán luz ante las dudas, los que ven a la mujer como una creatura de Dios merecedora de total respeto a su dignidad, los que no traicionan los compromisos asumidos y mucho menos los sacramentos tomados libre y voluntariamente conforme a su fe.
Qué difícil resulta comprender que este sufrido Paraguay, hoy luego de tantas décadas de ignominia, solo tenga un presidente y no un Señor presidente, que pese a la nefasta realidad heredada, no haya podido brindar aún claros signos del prometido cambio que solo existe en verborrágicos discursos, a pesar que todos los sectores han tratado de colaborar para iniciar la tarea de reconstruir el país.
Por el contrario, el presidente se apega perversamente a desanimar a gran parte de la ciudadanía con discursos contradictorios, irónicos e insultantes, liderando personalmente acciones que instalan inseguridad, desconfianza y temor en sus representados sin descontar sus ausencias del país cuando se presentan situaciones críticas donde la vida y la libertad de los ciudadanos están en juego.
La carencia de liderazgo y su manifiesta indiferencia ante los verdaderos problemas que hoy nos acucian, sumados a un grupo de hombres y mujeres que aún no han logrado diseñar las políticas públicas a aplicar. Prueba de ello constituyen las marchas y contramarchas, declaraciones y desmentidos de sus más íntimos colaboradores, ignorando cuáles deben ser tomadas como oficiales o como oficiosas. Este hecho quizás sea la prueba más clara que en el Gobierno actual no se trabaja en equipo como necesariamente debe hacerse. El resultado de estas debilidades: un tiempo valioso desperdiciado. Tiempo que debió ser de esperanzas y sueños a cumplir con el aporte de cada uno de nosotros, más allá de nuestras creencias religiosas y afiliaciones políticas. Allí debíamos estar todos, obreros, empresarios, campesinos, ganaderos, productores, ateos, católicos, agnósticos, evangélicos, políticos de todas las ideologías, los que votaron a Lugo y los que no.
El patético discurso populista recientemente pronunciado por el presidente afirmando que “seguirán pisando el callo de los poderes fácticos que manejaron siempre el país de acuerdo a sus intereses mezquinos y a espaldas de la mayoría”, no es más que eso: populismo barato y perverso, porque enarbolado en la miseria heredada por nuestro pueblo, pretende buscar respaldo en el sector más golpeado por la pobreza y la ignorancia echando mano a declaraciones mentirosas y despreciando a la clase productiva del país que es la única capaz de generar fuentes de trabajo para nuestros compatriotas que no tuvieron la oportunidad de emerger de la pobreza a causa del sistema miserable impuesto por quienes hoy se encuentran en la llanura política.
El cambio que anhelamos no permite repetir los viejos abusos, sin embargo, hoy se sigue nombrando a quienes tienen la “fortuna” de ser parientes del presidente y colaboradores en las instituciones públicas, solo por citar un vicio tan criticado pero hoy adoptado. Basta de mentiras descaradas como la famosa “opción por los pobres”, que no pasa de ser una falacia cuando los hechos demuestran lo contrario. Una opción que no se compadece con el nivel de vida ostentosa que despliega el presidente emulando a tantos otros escombros que tuvimos ocupando el sillón presidencial.
Los niños que deambulan por las calles continúan hambrientos y desprotegidos, prostituyéndose por necesidad ante la ausencia del Estado y ni que hablar de la posibilidad de estudiar, recibir atención médica ni bañarse cuando menos algún día a la semana. Los indígenas aún siguen hambrientos en sus tierras empobrecidas sin programas que les permita lograr el autosustento, ahí están sin caminos vecinales ni servicios básicos, tan estafados como lo hicieron los miserables que ya no están en el poder. Los profesionales jóvenes no encuentran oportunidades de trabajo, pese a contar con la idoneidad habilitante, excepto algunos pocos privilegiados que sin ser profesionales son contratados con jugosos salarios en entidades binacionales.
Presidente: su cinismo ha llegado al extremo de renunciar al salario que legítima y legalmente le corresponde por el cargo que ejerce, pretendiendo con esto, dar una muestra de “austeridad” que iba a caracterizar a su gobierno; muchos lo vieron como un gesto de patriotismo y grandeza personal y se creyeron la farsa. Pero no transcurrió mucho tiempo para que la máscara cayera al piso, pues con amplia sonrisa e indisimulado gusto se exhibió ante todo el país montado en una tremenda máquina que representa el alto nivel en el que gusta desenvolverse.
Pero lo más insultante que ha hecho, presidente, es que solo se preocupa y ocupa de quienes gozan de su confianza por corresponder a su ideología personal, porque ni siquiera tiene la lucidez ni el coraje de definir su ideología política, conformando un círculo privilegiado y elitista, olvidándose ex profeso de una gran franja de ciudadanos que también representa y que somos los decentes, los honestos, los que hemos trabajando toda la vida de una manera tesonera y transparente, sin robar un solo guaraní ni al Estado ni al prójimo.
No confunda los tantos, presidente, porque somos muchos los decentes, los que tenemos autoridad moral para decirle que está equivocando el camino. Somos amantes de la legalidad, de la justicia, del trabajo, de la libertad y de la democracia pero, sobre todo, celosos de nuestra dignidad. Nosotros, los decentes, que estamos orgullosos de nuestro aporte a la sociedad, y hubiéramos deseado no que hoy ya no existan nefastos personajes como los de la época anterior, pero lastimosamente en su Gobierno aparecen nuevos rostros pero con prácticas muy similares a aquellas que tanto daño nos han hecho. Por último, la acrecentada popularidad en el sector femenino del que hace gala, no es otra cosa que una bajeza, una ruindad que desnuda la miseria de su alma y ofende sin derecho alguno a las mujeres que nos respetamos. Lejos está de ser el estadista que pretende ser y que necesita el pueblo paraguayo.
El hombre sabio conoce de la humildad y aborrece romper el silencio si sus palabras en nada construyen. Presidente, una vez más, perdió la brillante oportunidad de quedarse callado.
Myriam Ferreira Castro