21 feb. 2026

CARTA ABIERTA A LA PRINCESA DIANA DE ORLEANS-BRAGANÇA

Estimada Señora: Si bien es cierto que las fronteras sólo las ponemos los hombres y que los límites a la convivencia no son montañas, ríos o líneas arbitrarias trazadas, la mayoría de las veces con sangre, sin embargo, no puedo obviar que su presencia en mi país insulta mi memoria histórica, y mis genes entran en una ebullición que intentaré contener en este descargo escrito que hago, más que con la esperanza de que a Ud. llegue a interesar, con la fe en que mis compatriotas deben despertar a la historia para no repetir los errores del pasado.

Sepa Ud. -por si no se ha informado-, que pese a que la historia la escriben los vencedores, en este país los vencidos también sabemos de una historia escrita en sangre y transmitida en los más fiables libros de la preservación generacional: la memoria popular. Entérese, por favor, que su bisabuelo, nacido como Luis Felipe Maria Fernando Gaston de Orleans, conocido como Conde D’Eu y casado con su bisabuela Isabel de Bragança, hija del emperador Pedro II del Brasil, es el más grande genocida que ha conocido la historia de las Américas.

Sepa Ud. que su bisabuelo, de dudosa reputación en cuanto a su conducta personal, se enmarcó en la persecución del comandante del Ejército Paraguayo, el entonces General Francisco Solano López, pero con dicho pretexto, aniquilando todo lo que encontraba a su paso, saqueando cuanta estancia o pueblo hallase en su camino, todo ello pese a que Asunción, capital del Paraguay, ya se hallaba bajo dominación de las tropas aliadas meses atrás.

Sepa Ud. que su bisabuelo, hoy héroe y cuasi santo para el Ejército de su país, cometió en Piribebuy, un humilde pueblo del interior del Paraguay, una de las atrocidades mayores de la guerra, en venganza por el asesinato de su “más que amigo” el Capitán Mena Barreto: mandó desguazar vivo al Capitán Pedro Pablo Caballero, quien defendía la plaza de Piribebuy cumpliendo con su misión de soldado, y aún no

satisfecho, mandó tapiar las puertas y ventanales de la Iglesia de Piribebuy convertida en hospital de sangre, y prenderle fuego con un número indeterminado de heridos, mujeres, ancianos y niños adentro, quienes murieron en ese evento calcinados sin poder salir de la trampa mortal que su bisabuelo cerró.

Sepa Ud. que, no contento con su carnaval de sangre, solo cuatro días después, cometía el crimen más horrendo que la historia de la humanidad recuerde: la matanza de niños en los campos de Acosta Ñu. Niños de entre 5 y 16 años eran lanceados y pasados a espada por las tropas brasileñas comandadas por su bisabuelo, en una desenfrenada orgía de muerte y destrucción.

Sepa Ud., por si no lo sabe, que hasta en la guerra existen códigos y en esta se violaron todos, la mayor parte por protagonismo de su bisabuelo en pocos días de desempeño.

Sepa Ud., Señora, que me rebelo con tan solo pensar que Ud. pueda estar pisando mi suelo, respirando mi aire y, para colmo, no reconociendo los errores del pasado que la historia grita a los cuatro vientos. Su culpa no es sólo llevar el apellido de su bisabuelo y recibir una jugosa pensión por su título nobiliario heredado, sino también hacer vista ciega y oídos sordos a los clamores históricos de este pueblo que aún no termina de reponerse de la sangría que le proporcionó tamaña contienda.

Sepa Ud., Señora, que hubiese hecho bien en quedarse en su país y guardarse sus mendicantes monedas con las que pretende lavar su apellido y blanquear su conciencia. Sepa Ud., que si quiere hacer algo por reivindicar el dolor de este pueblo, que todavía a 140 años de finalizada esa guerra espuria y bastarda, sigue recibiendo bofetadas de parte de gente como Ud., y debería solicitar formalmente la apertura de los Archivos Históricos que su país, comportándose como el Imperio que nunca dejó de ser, conserva aún bajo siete llaves en el temor de que nuestros reclamos toquen sus bolsillos o sus intereses, o que sus crímenes de lesa humanidad puedan ser llevados a una Corte Internacional, aun a casi siglo y medio de la felonía de esa guerra, para poder ser reparados como corresponde.

Sepa Ud., Señora, que los crímenes de su bisabuelo no prescriben. Así como la memoria de un pueblo que aún no cerró sus heridas porque no se lo permiten hacerlo.

Sepa Ud., Señora, que no es bienvenida a esta tierra y que cuando vuelva en el mes que prometió volver, espero lo haga con la conciencia tranquila de haber permitido a un pueblo reivindicarse con su historia, de reconocer que el sol no se tapa con un dedo y de que, indefectiblemente, los dinosaurios, aun los de la historia, van a desaparecer.

Prof. Dr. Miguel Ángel Velázquez Blanco

C.I.P. Num. 759.867 Médico Neurocirujano; Miembro de la Academia de Historia Militar del Paraguay

LOS DESPLAZADOS EN TIERRA DE NADIE

Emigrantes indocumentados, refugiados, los que buscan asilo, desplazados que no pueden soportar más penurias en su territorio, son las grandes víctimas del planeta. Sus gemidos de dolor no encuentran consuelo en esta tierra de nadie, que algunos la han tomado para sí, cuando debiera ser de todos.

Puro teatro con un reparto lamentable. Soportan humillaciones, estrecheces, desprecios, burlas que rayan la crueldad. Oficinas para la coordinación de Asuntos Humanitarios suelen expresar su preocupación casi diariamente, pero la barbarie continúa y hasta se acrecienta.

Hace falta seguir trabajando por la Justicia. Lo dijo Quevedo: “Donde hay poca justicia es un peligro tener razón”.

Hay que meter en raciocinio un diálogo necesario y posible. Con urgencia debe recuperarse los derechos de los desplazados en todo el mundo. En muchas partes de la Tierra, el grupo de personas excluidas del acceso a los derechos y de la posibilidad de cumplir sus deberes, alcanza límites insostenibles. Atender a los desplazados es fundamental, va más allá de devolverles tierras y posesiones, se requiere una

recuperación como ciudadanos, con sus derechos y deberes, y la reintegración a la vida social como personas, para sobreponerse de cualquier situación de desarraigo.

Es hora de acoger y recoger, con esperanza, coraje, amor y comprensión a estas personas desplazadas por diferentes motivos y causas, pero que están dispuestas a rehacer su vida. Permitamos al menos que la rehagan.

No hay que temer a las oleadas de desplazados. Sí, a los que comercian con vidas humanas. De nadie es la tierra y es de todos. De todos los humanos. No se puede compartir nada si antes no oímos y socorremos.

No podemos seguir con el corazón de piedra ante quienes se lanzan al mar para encontrar mejor vida o entre quienes huyen de las bombas. Es como condenarles a muerte.

Pienso que hoy más que nunca urge voluntad política, social y económica, para aliviar el drama de los desplazados. Se han perdido tantas hospitalidades y, en cambio, se han ganado riadas de humanos desamparados, desabrigados, inseguros. Siempre se repite la misma historia, con cierta sobredosis de orgullo: conmigo los míos, y después, los míos también.

Víctor Corcoba Herrero