El cardenal Adalberto Martínez, arzobispo de Asunción, lanzó una fuerte crítica a las “palabras de muerte y derrumbe que nacen de corazones corrompidos” y exhortó a los fieles a escuchar a Cristo por encima de los discursos que dividen.
“Escuchar la palabra contra palabras de muerte y derrumbe que nacen de corazones corrompidos”, requirió durante la misa del segundo domingo de Cuaresma en la Catedral Metropolitana. Destacó que el Evangelio es brújula frente a la desorientación moral.
El purpurado cuestionó también las actitudes agresivas y difamatorias que deterioran la convivencia insistiendo en que “nuestras palabras deben ser siempre conciliatorias, evitando choques frontales de palabras, palabras difamatorias”, expresó. Añadió que “nuestras palabras y virtudes deben respetar la dignidad de cada persona”, en alusión a quienes se convierten no en jueces justos, sino en “verdugos en relación a las diferentes personas”.
Advirtió que “hay personas tan conflictivas que siempre se muestran agresivas, usan palabras agresivas para insultar, difamar, ocultando, por otro lado, sus propias profundas carencias y fragilidades”, que reflejan ambigüedades interiores que necesitan conversión.
Asimismo, recordó que las diferencias no justifican rupturas destructivas y podemos ser incompatibles en el modo de pensar, tener pensamientos diferentes, pero nuestras palabras “deben ser siempre conciliatorias”, insistió, remarcando que la convivencia cristiana exige respeto incluso en medio de desacuerdos.
Al referirse al Día de los Héroes, cuestionó la visión superficial del heroísmo centrada solo en hazañas espectaculares. Recordó cómo en la niñez muchos preferían las historietas de superhéroes como Superman, Batman antes que las “vidas ejemplares” de los santos, y sostuvo que con el tiempo se comprende que “los verdaderos héroes son realmente los santos”.
Evocó el testimonio de San Roque González de Santa Cruz, cuyo “corazón incorrupto es el testimonio más elocuente del amor a Dios”, destacando que los héroes no solo protagonizaron gestas históricas, sino que entregaron su vida por amor y por los más vulnerables.
Obispo cuestiona falta de compromiso y el vaivai
Karina Abigail Gómez
CAACUPÉ
“El problema es que vivimos un cristianismo sin Cristo”. Con esa frase, el obispo de la Diócesis de Caacupé, Ricardo Valenzuela, lanzó una crítica a la falta de autenticidad y compromiso que, a su criterio, atraviesa hoy la sociedad.
Durante su homilía en la Basílica de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé, el prelado se preguntó por qué la fe –y por extensión los valores– parecen perder fuerza en la vida cotidiana. “¿Por qué la fe está en caída? ¿Por qué el aburrimiento? ¿Por qué la fatiga para cumplir nuestros compromisos?”, planteó ante los fieles.
Su respuesta apuntó a una vivencia superficial que no genera convicciones profundas. “Presentamos un Cristo impersonal, lejano, que no nos inquieta”, afirmó, al señalar que muchas veces todo queda reducido a una declaración teórica sin impacto real en la conducta.
Valenzuela sostuvo que cuando las acciones se realizan solo por obligación, el resultado es mediocridad. “Lo que antes se hacía por obligación, ahora debería hacerse por atracción”, expresó.
También criticó la cultura del mínimo esfuerzo, el presentar trabajos vaivai, sin calidad”, dijo, cuestionando la normalización de la improvisación y la falta de excelencia en distintos ámbitos.
También advirtió sobre la falta de entusiasmo que termina alejando a los jóvenes. Según señaló, sin una experiencia profunda que motive, todo se vuelve rutinario y pesado. “No conocemos lo que significa ser atraídos”, afirmó.
En el contexto del Año Jubilar Franciscano, recordó la transformación de Francisco de Asís como ejemplo de coherencia y radicalidad. “Escuchó un llamado y su vida cambió completamente”, relató, destacando que los cambios verdaderos comienzan desde el interior y luego impactan en el entorno.
Valenzuela cerró su mensaje con una advertencia: Sin convicciones firmes y sin pasión auténtica, las prácticas se vacían de contenido y la mediocridad se instala como norma en la vida personal y social.