20 feb. 2024

Batallando

Un candidato en campaña visita una ciudad del interior del país, en plena calle se cruza con una señora muy mayor que lleva un canasto de chipas sobre la cabeza. El comentario que acompañaba la foto en las redes decía que la anciana, quien lleva vendiendo chipas unos 30 años, le dio su total apoyo al candidato.

Enseguida el tema se convirtió en un Olimpia-Cerro, o peor. No faltaron las hurras al candidato, pero otros, con bastante más criterio, se preguntaron qué hacía una anciana vendiendo chipas con ese calorazo, en vez de estar en su casa descansando.

El candidato no se enteró del debate, y probablemente tampoco recuerde ya a la señora que lo saludó. Él subió a su lujoso vehículo y siguió su camino, el cual cree le va a llevar a ser gobierno. Y, pese a que su partido lleva más de 70 años en el poder, el candidato seguirá repartiendo promesas y más promesas, mientras la anciana seguirá vendiendo chipas hasta que su cuerpo un día le diga que “ya ovaléma”.

En mi barrio suele pasar un heladero, que va empujando una pequeña heladerita con cuatro ruedas y hace sonar una especie de organillo para anunciar su paso y ofrecer su mercancía. Es un señor muy viejo, y realmente da pena verlo caminar bajo el sol asesino de la siesta. Siempre que puedo le compro algo, no solo por mi adicción a los helados, sino para ayudar en algo, y me pregunto desde dónde viene, y si realmente obtiene algo de tanto esfuerzo...

Es muy digno vender chipas o helados, pero es una vergüenza que personas que probablemente no tuvieron muchas oportunidades en la vida lleguen a viejos y deban seguir batallando. Es una vergüenza que no se hagan mejores esfuerzos para que todos aquellos que viven en condiciones precarias puedan recibir la pensión del Estado, que es poca cosa, pero es algo al fin. Como la que recibe desde hace poco una anciana de 109 años en Caaguazú. La señora figuraba como fallecida en los registros públicos y le costó mucho lograr la corrección de los documentos. Doña Juliana recibió hace poco su primera pensión: 637.000 guaraníes.

En el Paraguay gobernado hace más de 70 años por el Partido Colorado no es solo la tercera edad la que está abandonada a su suerte. O acaso no hemos normalizado esa visión romanticona de niños que venden latitas o hacen cualquier cosa para juntar dinero y poder estudiar o llevar comida a la casa. Acaso no leemos cada tanto sobre el niño que comenzó de lustrabotas y hoy está por ir a la universidad. Porque, convengamos que una cosa es el esfuerzo, y otra muy diferente es tener vedado el acceso a una infancia tranquila y feliz, con escuela, comida en la mesa, juegos en la calle y padres que pueden proveer el bienestar a sus hijos.

El Estado está ausente para todas estas personas. Su vida es un repertorio de sacrificios justamente porque no hubo un Estado que garantizara sus derechos a salud, educación, empleo, seguridad, derechos que todos sabemos están en la Constitución y rara vez salen de ahí.

Los candidatos andan al acecho en estos días. Salen a las calles para ofrecer fórmulas mágicas para estar mejor, pero no tienen idea de cómo es la vida real para los paraguayos y las paraguayas.

No conocen el esfuerzo de gente como la maestra Ramona Villalba en el Amambay, que vive en Pedro Juan Caballero, y va en moto hasta donde hay camino, y después sigue tres kilómetros a pie para llegar a la escuela de la colonia Kokue Pyahu, donde es la única maestra de un plurigrado. En un reportaje publicado en ÚH, Ramona comentaba que ella cruza a pie un arroyo para poder llegar a enseñar, pues el único puente que había fue arrastrado por las lluvias.

“Estamos acá batallando siempre”, dice la maestra, y usa ese gerundio que tanto conocemos en este país. Porque cada día hay que salir a dar pelea, hasta que todos los derechos sean realidad para todos, lo mismo que la dignidad.

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