Opinión

Autoflagelantes, flagelo y flageladores

Blas Brítez

Hay una escena de la película británica Monthy Pyton y el Santo Grial (1975) en la que la Edad Media aparece como autoflagelo del cuerpo. Como miedo a la muerte súbita, al fin de los tiempos, a la ira suprema de Dios. Es una escena risible, porque la película se trata de reírse. En ella unos monjes golpean sus propias cabezas con una tabla, mientras caminan cantando el famoso dístico del Dies irae. Es un poema del siglo XIII al que, posiblemente, le agregaron más tarde esos versos que los monjes entonan, gravemente: Señor de piedad, Jesús/ concédeles el descanso.

Aunque la escena no tenga pertinencia histórica, pues lo versos son bastante más jóvenes que la época de la fiebre del Grial y de la saga artúrica, la autoflagelación y el sentido apocalíptico de la composición musical tienen relación. El movimiento de los autoflagelantes propiamente dicho estaba compuesto esencialmente de pobres y locos, antes que clérigos como en la película de Terry Gilliam y Terry Jones. Aunque también los hubo. Nació y pululó un tiempo en el siglo XIII, en las colinas y montañas de la Umbría, en Italia. Una mezcla de profecías apocalípticas de Joaquín de Fiore, peste, pobreza extrema y necesidad de sufrimiento como redención, alentó las muestras de dolor público, centrados en torno a 1260, el año en que murió Tomás de Celano, a quien se atribuye el Dies irae. En procesiones que, a veces, juntaban 10 mil personas ululantes. Encontraron réplica en otras partes de Europa, como en lo que hoy son Alemania, República Checa y Polonia.

Había en ese movimiento algo herético, sin dudas. No hacía falta más que sufrir y expiar culpas en un mundo despreciable, para merecer la gracia de Dios y habitar otro mejor, más cómodo, a la vuelta de la esquina. Como tal idea sugería, finalmente, la innecesaria mediación de la Iglesia entre Dios y la humanidad, y, como también se había extendido a otros lugares, el movimiento fue repelido.

El miedo a la muerte en la Edad Media no era nuestro miedo a la muerte contemporáneo. Hoy somos demasiado inmortales hasta que llega. El problema para los coetáneos del Rey Arturo no era morir, pues se moría bastante, sino morir súbitamente. Sin expiar los pecados. Hay toda una imaginería sobre esto, todavía persistente en grabados de libros y relieves y vitrales de iglesias antiguas en Europa, además de los ritos del lecho agónico medieval, acerca de los cuales (y sobre la historia de la muerte en Occidente) escribió brillantes ensayos Philippe Ariès.

Jacques Le Goff y Nicolas Truong, en Una historia del cuerpo en la Edad Media, explican que el control social eclesiástico, en el siglo XIII y todavía más, era esencialmente un control de abastecimiento alimenticio. Cuentan: “La iglesia mantiene su control ensanchando los periodos en los que la alimentación de los fieles está sometida a restricciones. A partir del Siglo XIII, el calendario alimentario comprende la abstinencia de carne 3 veces por semana, ayunos de Cuaresma, de Adviento, de témporas, de vísperas de fiestas y de los viernes”.

La restricción alimentaria fomenta el cuerpo doliente y la iglesia, paradójicamente, lo promovía la herejía con sus medidas alimenticias y espirituales. La laceración del cuerpo es la mistificación en tiempos de crisis. Por eso, los autoflagelantes reaparecieron con la peste bubónica que describió Giovanni Boccaccio hacia 1350. En Brasil, las iglesias pentecostales no paran durante esta pandemia, herederas del calvinismo que gobierna la apocalíptica economía actual. Las derechas religiosas quieren orar y trabajar. Lacerarse el cuerpo haciendo eso y dando el diezmo. Todo lo pueden en Dios, incluso la inmunidad genética ahora que Mario Abdo titubeó unas horas con la papa en la boca y la gente ha vuelto a las calles, poco a poco pero implacablemente. Y si no hay inmunidad, hay muerte con los pecados expiados. En este caso, a base de dinero. Los autoflagelantes siempre reaparecen cuando hay flagelo. A quienes no habría que olvidar es a los flageladores.

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