01 may. 2026

Amor o desamor al alcance de un teclado

Los bemoles de la modernidad

Durante más de cinco horas, miles de paraguayos estuvieron pendientes de una joven coreana que cruzó medio planeta para encontrarse con un supuesto amigo californiano que conoció en internet y con quien acordó encontrarse en el aeropuerto de Asunción.

La señorita apareció en televisión, sentada en una desvencijada banqueta de la terminal, con la mirada puesta en ninguna parte y el corazón en una valija. El amigo, real o imaginario, jamás llegó.

Nunca supe si la historia que contó la mujer era cierta, o si era víctima de algún trastorno sicológico, o si fue timada por algún sádico que la convirtió en una burlada Penélope de nuevo cuño.

Lo cierto es que el caso se convirtió en tema obligado de la tertulia periodística donde pude enterarme de un montón de historias de amores y desamores, que nacieron, crecieron y -no siempre- murieron en la red.

De pronto caí en la cuenta de la velocidad con la que están cambiando las reglas del flirteo, del juego de la seducción, de esa previa que para algunos llega a ser más excitante que el partido mismo, y que para otros no es más que el necesario e inevitable ritual de apareamiento.

Incluso aquí, en estas tierras en las que la autopista de la información degenera en callejuela, lenta y trabajosa, internet está cambiando hábitos ancestrales.

Debo decir que no es la primera alteración importante que se registra en la materia. La primera de la que tuve noción fue la extinción de las lentas. Lo descubrí la última vez que estuve en una discoteca, una década atrás. Algún miserable eliminó las baladas del menú, privando a las nuevas generaciones del placer de bailar de a dos en un espacio en el que apenas cabe uno.

No recuerdo júbilo mayor que esa aproximación íntima de los cuerpos en la semioscuridad de la disco, y con una canción melosa derribando las barreras de la timidez.

Esa misma noche descubrí a las parejas comunicándose no con los labios de uno pegados casi al oído del otro, sino con un rápido movimiento del pulgar sobre el teclado de un teléfono móvil.

Los chicos ya no se hablan, se mensajean.

Pero la verdadera revolución llegó con internet. Y no estoy seguro de que el nuevo escenario sea necesariamente malo.

Hará como tres lustros, cuando la red era todavía un chiche para pocos, una amiga, cansada de sus innumerables fracasos amorosos, se refugió en una página de encuentros virtuales donde contactó con un economista argentino.

El hombre quedó impresionado con la gracia con la que mi amiga discutía de cine, literatura y política, y luego confesaba sin el menor pudor que una noche de ardiente pasión solo podía culminar para ella con vaso helado de Coca-Cola.

La naturalidad con la que trasponía los límites de lo trascendente para solazarse en la más pura y despreocupada frivolidad le impresionó tanto que decidió venir a conocerla.

Cuando me contó la novedad le advertí que alguien que asumiera semejante riesgo debía estar en una situación desesperada. O era abrumadoramente feo o debía tener antecedentes policiales.

Resultó ser un tipo macanudo. Hoy tienen ocho años de matrimonio, un hijo y un coqueto departamento en Buenos Aires.

Historias de estas son en la actualidad casi parte de la rutina. Me contaron de un oceanógrafo mexicano que terminó a orillas del lago en San Bernardino pescado por una internauta mediterránea.

Sé de una paraguaya que se casó en Londres con un arquitecto holandés con el que se topó en un página española de arpistas amateur.

La red permite liberar pasiones gracias al manto protector del anonimato.

La gente escribe cosas que nunca se atrevería a decir a un interlocutor si lo tuviera enfrente.

Descubrirse es un paso posterior, que no todos los internautas se animan a dar. La duda es atroz. También hay monstruos en el ciberespacio, como probablemente los hay en el barrio en el que usted ha vivido toda su vida sin saberlo.

El hecho es que en esta nueva aldea global la comunicación cambia vertiginosamente de formas, aunque sigue teniendo el mismo objetivo; conectarnos.

Y hoy las oportunidades se expanden a límites insospechados, casi tanto como los riegos.

Que una historia acabe en un coqueto departamento porteño, o en la desvencijada banqueta de un aeropuerto es casi una cuestión de azar.

Es el amor en estos tiempos de internet.

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