28 ago 2026

Almacenes y despensas cierran sus puertas ante las deudas sin cobrar

A solo dos cuadras de la plaza principal de Iturbe, sobre la misma calle que conduce al portón de entrada de la azucarera del mismo nombre, el local de la despensa La Vaquita exhibe las puertas y ventanas cerradas, con desteñidos carteles en su fachada, que ya en vano ofrecen “carne, pollo, chorizo”.

Deudas.  Vidal Giménez muestra la libreta que prueba que se le adeudan G. 30 millones.

Deudas. Vidal Giménez muestra la libreta que prueba que se le adeudan G. 30 millones.

Nadie responde a nuestros insistentes llamados con golpes de mano, desde la calle.

“Allí ko no hay nadie, ese negocio ya se murió, por culpa de la crisis. Los dueños casi luego no están, salen a buscar otras formas de ganarse el pan”, nos avisa una mujer, que asoma desde la ventana de una casa vecina.

Casi pegado a la ex despensa La Vaquita está el almacén Sagrada Familia, donde un hombre de pelo blanco y sonrisa bonachona nos recibe con cordialidad.

“Así es, mi vecino ya cerró su negocio por culpa de la crisis y yo estoy a punto de seguir sus pasos, porque mis estanterías están casi vacías. No tengo manera de reponer el stock, pero tampoco hay necesidad, porque ya casi nadie viene a comprar. No hay dinero. Desde que dejó de operar la Azucarera Iturbe, hace casi un año, todo está muerto”, dice Vidal Giménez, el dueño del almacén.

QUIEBRAS. Hubo una época en que el ruido de las máquinas de la fábrica trabajando era como una música y la economía de Iturbe funcionaba de manera dinámica, recuerda el almacenero.

“Aquí el negocio siempre fue vender por libreta de almacén, un sistema que heredamos de nuestros abuelos y siempre funcionó”, explica don Vidal.

Como los obreros y empleados de la azucarera cobraban mensualmente su salario, retiraban las mercaderías o “provistas” de las despensas y almacenes a crédito. Cada familia tenía su propia libreta, un ajado cuaderno escolar en donde don Vidal, al igual que todos los almaceneros del pueblo, anotaba prolijamente la mercadería que retiraban y el importe se iba sumando.

“A fin de mes todos venían a pagar religiosamente y luego volvían a deber. De ese dinero nosotros pagábamos a los distribuidores mayoristas que nos traen la mercadería de Asunción. Pero un día el ingenio dejó de pagar y todo se vino abajo”, dice.

Nos muestra las hojas amarillentas de su cuaderno, donde está anotado el “clavo” de casi 30 millones de guaraníes que le deben sus clientes. “Yo, por mi parte, les debo a mis proveedores y no sé como voy a pagar. Mis estanterías están vacías. Ya nadie viene a comprar. Estamos comiendo lo último que queda. Si no se paga la deuda y no sea reactiva la fábrica, también vamos a tener que cerrar el almacén”, lamenta don Vidal.