Opinión

Aichinjarangismo

Brigitte Colmán – @lakolman

Un tuit del ministro de Educación hace como un mes generó indignación y admiración por partes iguales, pero de las redes sociales no pasó. Es que a veces lo que pasa en Twitter queda en Twitter.

Fue publicado el 15 de setiembre y decía así: “Vino elegante y como maletín el cajón de lustrabotas con el que trabaja todas las mañanas. Josías Jesús tiene 11 años, por las tardes va a la Escuela, donde sueña y se forma para llegar a ser Ministro de Educación. Pidió conocerme y me dejó la certeza de que ese sillón le pertenece”.

El tuit en cuestión iba acompañado por un video, en el que se veía al niño, correctamente trajeado, el video tuvo un montón de reproducciones y cientos de comentarios. En un ratito ya se armó un Cerro-Olimpia.

Yo me inclino hacia el sector olimpista, y del lado de los que criticaron la publicación. Los que dejaron bien clarito que los niños tienen que estar en la escuela, no trabajando, por ejemplo, o aquel que decía que esa publicación romantiza la pobreza.

Aparte de indignación, causa bastante preocupación que un ministro no tenga claro que ¡LOS NIÑOS NO TIENEN QUE TRABAJAR! Los niños lo único que tienen que hacer en la vida es recibir una buena alimentación, jugar, estudiar, recibir todas las vacunas. Los niños no tienen que trabajar, tampoco tienen que ser abusados ni violados ni golpeados y por supuesto, tampoco deben estar expuestos al reguetón.

El desconocimiento del criterio de derechos es preocupante en un ministro de Educación, pero es peor aún que la de la Niñez no haya dicho nada. Para estos funcionarios, como para tantos paraguayos, el trabajo infantil está normalizado; y eso es muy triste.

Mi viiiidaaaaa. Muchos tuiteros se re emocionaron con el video de la visita del pequeño Jesús. Una persona dijo que estaba “demasiado emocionadaaaa y que había esperanza….”, “¡¡Mi vidaaaa, Dios lo bendiga y termine todos sus estudios y llegue a cumplir sus metas!!”. Y otro incluso llegó a sugerir “oremos por él”.

Con todo respeto, orar está muy bien, pero los niños además de oraciones, necesitan que el Estado garantice todos sus derechos! Esto significa que ninguno deba trabajar, o sea, nada de vender caramelos en los ómnibus, lustrar zapatos o limpiar parabrisas para ayudar a la economía familiar.

La pobreza no es romántica y además deja a las personas en situaciones extremadamente vulnerables, de ahí que se violen tantos de sus derechos, de niños, mujeres, ancianos, etc.

Pero este no es el único caso de aichinjarangismo. Los paraguayos somos muy buenos, en el fondo somos lo que también se conoce como buenudos.

Nos emocionamos con la historia de Ña Rosita que tiene 99 años y todos los días a las 4 de la madrugada se sube al ómnibus en J. Augusto Saldívar para traer su verdura al Mercado. ¡¡Fuerza Ña Rosita!! Emoticonos por aquí y por allá, ¡¡Ojalá que le compren todas sus verduras!! ¡¡¡Chúlinaaaa, Mi vidaaaaaaaa!!!, ¡¡Oremos por ella!!, etcétera.

Todo bien con el aichinjarangismo, no hace daño en realidad, el problema es que el ainchinjarangismo nos mantiene anestesiados y no nos permite analizar el fondo de la cuestión.

Cierto que el niño que fue a visitar al ministro era superchúlina, y que Ña Rosita tiene la fuerza de todas las mujeres paraguayas, fuertes, valientes, esforzadas trabajadoras, pero, si pudiéramos ver más allá del aichinjarangismo veríamos que ese niño está en la calle trabajando en vez de estar jugando o en la escuela; y Ña Rosita a sus 99 años se merece estar sentada en un sillón bajo la sombra de un tajy, contándole viejas historias a nietos y bisnietos.

Tenemos que dejar de fingir que nos conmueven esta clase de historias aleccionadoras, y empezar a exigirles soluciones a los gobiernos que elegimos tan mal. Aichinjáranga nosotros. Pobre de nosotros.

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