Correo Semanal

¿A qué mundo nos conducirá la coronacrisis?

 Los desastres y las crisis imprevisibles han preparado el escenario para el cambio, a menudo para mejor.

Gustavo Rojas (*)

Los tiempos de la historia no son constantes, se aceleran en periodos de crisis y se frenan en los de relativa estabilidad. A partir de la crisis de 2008 hemos ingresado en una nueva etapa de aceleración de la historia, un nuevo periodo marcado por inestables transformaciones estructurales globales. Es probable que la crisis desatada por la pandemia global del coronavirus abra un nuevo capítulo en esta etapa de incertidumbre radical de la historia.

En un mundo colmado de informaciones, nos acostumbramos a colectar el máximo de información a fin de medir el riesgo de todos los eventos. Vemos a la incertidumbre como algo estrictamente malo, particularmente a partir de la idealización del homo economicus, guiado por la maximización de la utilidad (económica) de las cosas. Pero la incertidumbre es intrínseca a las crisis, eventos que nos permiten descubrir la realidad fundamental de las sociedades. Quién tiene más y quién tiene menos. Donde reside el poder. Lo que la gente atesora y lo que teme.

ESCENARIO PARA EL CAMBIO

Lo no previsible, no esperado, la incertidumbre, no necesariamente es algo malo. Los desastres y crisis imprevisibles han preparado el escenario para el cambio, a menudo para mejor. La epidemia mundial de gripe de 1918 ayudó a crear servicios nacionales de salud en muchos países europeos. Las crisis gemelas de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial fueron seguidas del establecimiento del impuesto a la renta y prepararon el escenario para el estado de bienestar moderno.

Pero las crisis también pueden enviar a las sociedades por caminos más oscuros. La resolución del colapso financiero de 2008 implicó un gran costo público para las sociedades y condujo los bancos y las instituciones financieras a restablecer la normalidad previa al choque, mientras que el gasto gubernamental en servicios públicos se redujo drásticamente en todo el mundo.

Hoy nos encontramos en la confluencia de tres esferas de la crisis global que están profundamente interrelacionadas y que se retroalimentan rápidamente: cambio climático y descomposición ecológica; una crisis sistémica del capitalismo global y, particularmente, de la globalización económica neoliberal; y la actual pandemia mundial de covid-19. Sus efectos combinados traerán una transformación sistémica radical.

PUNTO DE QUIEBRE

Los patrones de desarrollo de largo plazo nos han conducido hasta el punto de quiebre en el que nos encontramos. Las mentalidades, estructuras y prácticas que han producido el cambio climático son históricamente profundas, pero han acelerado y ampliado sus impactos destructivos en las últimas décadas, con la profundización de la globalización económica neoliberal. En cierta medida, la pandemia actual es una consecuencia de décadas de degradación ambiental y de la reducción del gasto gubernamental en los sistemas de salud.

La implosión de una realidad que imaginamos compartir con conduce a la ambigüedad de la incertidumbre. Pero la adaptación a escenarios imprevisibles es justamente la mayor capacidad de resiliencia de la humanidad. A medida que el orden existente se desintegra, debemos esforzarnos por construir un nuevo orden social orientado por el despliegue de una imaginación radicalmente colectiva. Necesitaremos nuevas formas de conciencia humana colectiva; un nuevo tipo de pacto social global; nuevas formas de tecnología apropiada; y nuevas formas de estilo de vida apropiado.

La evolución y la forma como se gestionará políticamente el miedo provocado por las actuales amenazas será un factor decisivo en la definición de los futuros pasos de la humanidad. Lo posible políticamente es fundamentalmente diferente cuando muchas personas entran en modo de emergencia, cuando reconocen la existencia de un peligro y buscan afrontarlo conjuntamente. Es por eso que no podemos pensar en volver a la normalidad, pues las cosas no eran normales. La experiencia del covid-19 puede ayudarnos a comprender el cambio climático de manera diferente. A medida que el virus ha reducido la actividad industrial y el tráfico, la contaminación del aire se ha desplomado.

Como afirma el filósofo Yuval Harari, el monitoreo centralizado y los castigos severos no son la única forma de hacer que las personas cumplan con pautas colectivamente beneficiosas. Una población motivada y bien informada suele ser mucho más poderosa y efectiva que una población ignorante y vigilada. Pero para ello se requiere construir confianza. La gente necesita confiar en la ciencia, en las autoridades públicas y en los medios de comunicación. La misma tecnología de vigilancia empleada por los gobiernos para monitorear a las personas también puede ser utilizada por las personas para monitorear a los gobiernos.

FIN DE LIDERAZGOS

La promesa de los nacionalistas de retornar a una idea de pasado mejor calificado que el presente se viene mostrando insostenible en un mundo de amenazas globales. Pero vivimos el fin de los liderazgos mundiales, ningún país o bloque de países tiene la suficiente influencia para imponer una solución a todos. Predominan las estrategias nacionales e incluso los esfuerzos de coordinación regional son escasos.

No obstante, la pandemia es capaz de alumbrar la competencia y la decencia de las potencias globales. Ante el sordo unilateralismo del America First, la solidaridad de las sociedades asiáticas y la resiliencia mostrada por sus sistemas económicos y de salud han sido atributos mejor valorados entre las diversas respuestas globales a la crisis. Probablemente, permitirán a estas sociedades anticipar la retomada de sus actividades productivas en relación al occidente, situándose en una posición privilegiada para poder influenciar las futuras transformaciones económicas y políticas de una globalización con crecientes características no occidentales. En 2020, Asia será el único continente a registrar crecimiento económico en un mundo en franca recesión.

Las últimas semanas han evidenciado que lo inmutable siempre puede cambiar, en cualquier momento. Esta simple y poderosa verdad es tanto desestabilizadora como libertadora. Estos momentos proporcionan un despertar del profundo malestar de nuestra civilización. La crisis está dando cuenta de que es posible una realidad social diferente, donde la experiencia del ser colectivo comience a prevalecer sobre el individualismo egoísta.

Gustavo Rojas es investigador del Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (Cadep).




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