Opinión

2030 o el triunfo del voluntarismo

Carolina Cuenca

No es la primera vez en la historia que los líderes del mundo se plantean metas colectivas. Metas que parten de ciertos grupos de ciertas partes del mundo con incidencia para todos, por cierto. El voluntarismo es al fin y al cabo un “ismo” muy de moda, pero no original, ojo. “El triunfo de la voluntad” no siempre es el triunfo del hombre en su integralidad.

Bueno, pero antes de criticar, habría que proponer, ¿no? Cierto. Pero aún antes de criticar o de proponer también vale aclarar. Es lo más humano hacer uso de nuestra conciencia y de nuestra libertad, analizar y clarificar antes de actuar o de adherirnos a estas metas.

¿Qué se proponen los artífices de las metas 2030? En principio, se puede sintetizar así: desarrollo sostenible, pero sobre todo, y atención, se trata de una idea específica de cómo debe ser el desarrollo sostenible, de cómo debería organizarse nada menos que toda la vida planetaria con un orden moral común. Moral, sí leyó bien. Porque no solo se trata de crear una economía global más a tono, sino también una moral universal, incluyendo los hábitos que esta debe generar en los individuos o ciudadanos particulares de la aldea global.

Lo ideal nomás sería que más gente se tomara el trabajo de analizar y explicar bien qué filosofías sustentan y qué ideas mueven esas metas y luego permitirse el lujo de la libre elección de cómo encararemos nosotros como nación, desde la propia originalidad y autonomía cultural, lo que deseamos, compartimos y podemos hacer de nuestra parte en busca del bien común.

Transformar la sociedad apuntando a las metas fijadas hacia el año 2030 es apelar a la voluntad de cada miembro de la comunidad humana, pero también se debe apelar a su inteligencia para intentar llegar a eso que podemos seguir llamando “la verdad” o correspondencia con la realidad.

Suena bien “igualar a los individuos”, pero suena mejor “reconocer la igualdad intrínseca de las personas” en cuanto a su dignidad, pero con su obvia distinción ontológica; suena bien “sostener” el desarrollo económico, pero suena mejor humanizar ese desarrollo; suena bien educación para todos, pero suena mejor educación libre de adoctrinamiento y en igualdad de condiciones para todos; suena bien salud para todos, pero cuestiona ese afán de control total de hasta los procesos más íntimos como los relacionados con la reproducción humana; suena bien cuidar la ecología, pero suena aún mejor cuidar de la naturaleza, incluyendo la vida desde su inicio y la sexualidad humana de base biológica binaria…

Otra cosa realista es analizar los sujetos de carne y hueso de estas metas, quiénes proponen y para qué, quiénes “consumen” y por qué. Si no apuntamos a sujetos libres concretos, no lograremos despertar la responsabilidad personal y todo se podría reducir de nuevo a un autoengaño con serias posibilidades de caer en arbitrariedades y coacciones con el pretexto de alcanzar las metas. Nada nuevo en la historia.

Si las metas pierden de vista el aspecto trascendente de la persona o la reducen a simple individuo de una especie en lucha por la supervivencia, el cual debe ser entrenado para ser “funcional a un sistema dado” y que incluso puede ser descartado según ciertos estándares egoístas, son más un retroceso que un avance.

La primera propuesta entonces es analizar el origen y el sustento realista de las metas, y la segunda es que tomemos solo lo que nos conviene como nación. Esto implica mucho esfuerzo y patriotismo. ¿Habrá?

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