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Opinión
domingo 1 de octubre de 2017, 01:00

¿Tolerar al intolerante?

Alberto Acosta Garbarino, presidente de Dende

Desde la caída del comunismo en 1989, el mundo vivió unos 20 años de gran expansión de las ideas liberales: democracia en lo político, libre mercado en lo económico y multiculturalismo en lo cultural.

En esa época, el prestigioso politólogo norteamericano de origen japonés Francis Fukuyama publicó un libro de gran impacto, titulado El fin de la historia y el último hombre, donde proclamaba el triunfo para siempre de las ideas liberales.

Recordemos que la base del sistema liberal se encuentra en las libertades y en la tolerancia, que se encuentran muy bien ejemplificadas en la famosa frase de Voltaire: "No comparto tus ideas, pero defenderé con mi vida tus derechos a expresarlas".

Para Voltaire y para varios pensadores liberales, la tolerancia es el único camino para la convivencia pacífica en una sociedad libre, donde siempre existirán opiniones diferentes.

Sin embargo, el atentado a las Torres Gemelas, el rechazo a la incontenible migración de personas de los países pobres a los países ricos, la cada vez mayor expansión del fundamentalismo islámico y la grave crisis económica que comenzó en el 2007 han puesto en duda las ideas de libertad, multiculturalismo y tolerancia.

Así como el triunfo de Obama en el 2008 fue el punto más alto de las ideas de multiculturalismo y de tolerancia, el triunfo de Trump en el 2016 ha sido el inicio de una contraola de nacionalismo e intolerancia.

Hoy vemos en el mundo un enfrentamiento cada vez mayor entre intolerantes: fundamentalistas islámicos, por un lado, y supremacistas blancos neonazis, por el otro; defensores de la ideología de género que exhiben impúdicamente todo tipo de inclinaciones sexuales, por un lado, y conservadores religiosos que acusan a los defensores de dicha ideología de encarnar al mismo diablo.

Esta situación también la estamos viviendo en el Paraguay, un país donde –desde nuestra independencia– siempre ha reinado la cultura de la intolerancia y la persecución al que piensa diferente.

Esta crispación se siente entre los cartistas y los anti cartistas, entre los izquierdistas y los antiizquierdistas, entre los defensores de la ideología de género y los que se oponen a ella.

Eso se siente en los discursos de nuestros dirigentes políticos, eso se siente en los titulares de los diferentes medios de comunicación y eso se siente en las redes sociales.

Cada sector se considera dueño de la verdad y su posición es querer imponer su visión a toda la sociedad como si fuera una verdad absoluta.

Recordemos que la intolerancia es intrínsecamente antidemocrática, porque no es posible una sociedad libre en armonía si no existe tolerancia, como decía Voltaire.

Esta situación nos lleva a un difícil dilema: si bien es cierto que para tener una sociedad democrática debe primar la tolerancia, ¿debemos tolerar a los intolerantes que solamente quieren destruirla?

Sobre este punto han reflexionado varios filósofos contemporáneos y muy especialmente el austriaco Karl Popper, que en su libro La sociedad abierta y sus enemigos dice que nos encontramos ante lo que él llama la "paradoja de la tolerancia".

Popper dice que la sobrevivencia de la sociedad democrática se encuentra por encima de todo y consecuentemente debe defenderse de sus enemigos que quieren destruirla.

La conclusión de Popper es que no puede tolerarse a los intolerantes, pero... aquí entramos en una muy difícil encrucijada: ¿quién define quién es el intolerante? ¿No se corre el riesgo justamente de caer en la intolerancia con esa actitud? Esa es la paradoja.

Sobre esto debemos reflexionar en el Paraguay y trabajar para cambiar esta sociedad culturalmente intolerante y que hoy dispone de libertades que nunca tuvo en su vida independiente.

O cambiamos nuestra cultura o la libertad no es sostenible.