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Opinión
viernes 8 de septiembre de 2017, 02:00

La pedagogía de la fragilidad

Carolina Cuenca
Por Carolina Cuenca

Es espinoso tocar este tema pero así como la vida es un dato de la existencia difícil de descifrar del todo y, sin embargo, está llena de luminosidad y aprendizajes, la enfermedad y la muerte, con toda la carga de dolor y de sentido de impotencia que implican, también tienen insertas unas lecciones de sano realismo para quienes pasamos por allí.

Es lo que he experimentado una vez más en estos días en que la hermana de una amiga entrañable fue atacada por una de las plagas más letales de este tiempo, cual es el cáncer, que no perdonó tratamientos, atenciones, temprana edad, utilidad social, cariño filial ni nada. Sencillamente, enfermó, sufrió y murió joven. ¿Cómo acostumbrarse a este episodio que, empero, está programado desde el inicio en nuestra condición de mortales? Y aun así es difícil resignarse a la enfermedad, al dolor y a la muerte, porque algo dentro de nosotros nos dice a buenas o nos grita incómodamente que ¡no estamos hechos para la finitud ni para el cementerio! y, sin embargo, experimentamos que la enfermedad, el dolor y la muerte tarde o temprano estarán allí. Es de valientes mirar de cara este factor de la realidad y es de sabios escuchar los susurros de sus enseñanzas, en medio del bullicio evasivo de una aldea global que pretende deshacerse de ella a fuerza de reduccionismos sentimentales o negaciones sistemáticas.

Lo primero que me llamó la atención es que en estas circunstancias se hace experiencia palpable de nuestra no siempre bien dimensionada fragilidad humana y acto seguido surge una luz que desbarata toda esa pretensión de autonomía, independencia absoluta y díscola soberbia que a veces gobierna nuestro corazón posmoderno. ¡Necesitamos tanto, muchísimo, de esos seres que el cínico de Sartre llamaba "el infierno", los otros!, esos a quienes la mentalidad actual cosifica, masifica y descarta, esos que con permiso de la cultura del descarte pueden constituirse en simples medios de satisfacción temporal y luego ser desechados sin culpa. Sí, en estas circunstancias, se valoran a los sujetos y principios más amenazados por la cultura hegemónica actual: familia y fe. ¡Qué mucho se aprende de estos elementos que muchos evitan avergonzados!: fragilidad, necesidad del sostén de la comunidad y de nuestros valores más esenciales; además, la belleza, sí, la ternura, de la gratuidad de los imprevistos positivos (una atención médica delicada y eficaz; un lugar digno, unos amigos solidarios, un tránsito acompañado y protegido hacia la eternidad). Una ocasión más que ideal para recordar a gente como el padre Aldo Trento que celebra 28 años en nuestro país, de los cuales varios ha dedicado a atender dignamente a enfermos terminales y, sobre todo, aun nadando a contracorriente y poniendo en juego sus propios límites, a despertar el interés hacia esta pedagogía de la fragilidad. ¡Gracias por eso!