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Opinión
lunes 10 de julio de 2017, 02:00

La importancia de estar vivo

Blas Brítez – @Dedalus729
Por Blas Brítez

En 1895, tres meses antes de ser juzgado por su homosexualidad, Oscar Wilde escribió la mejor de sus piezas teatrales, una comedia de enredos sobre la identidad y la honestidad: The importance of being Earnest. En el juego de apariencias de la aristocracia londinense que retrata la obra, el juego de palabras inglés es su respiración natural: Ernest y earnest suenan igual. Un nombre y un adjetivo: serio, sincero, honesto. Exactamente lo que los jóvenes personajes de Wilde no son y que la traducción castellana no suele registrar. La importancia de llamarse Ernesto es la importancia de ser serio, sincero, honesto.

Cuarenta y un años después del puñetazo de Mario Vargas Llosa a Gabriel García Márquez en el Palacio de Bellas Artes de México, el escritor peruano volvió a hablar del colombiano en público. Lo hizo en San Lorenzo de El Escorial, en Madrid. Se ha hablado hasta el hartazgo de la febril amistad entre ambos escritores y de su quiebre abrupto tras el ojo morado del autor de Cien años de soledad. Ninguno de los dos habló del hecho nunca, como nunca más volvieron a cruzarse. No es la primera vez que el autor de Conversación en la Catedral habla o escribe sobre un escritor contemporáneo suyo, luego de que este haya muerto.

En 1996, Vargas Llosa publicó La utopía arcaica, un análisis sobre la obra de su compatriota José María Arguedas (1911-1969). El libro es una diatriba ideológica —camuflada de crítica literaria— contra el indigenismo del autor de Los ríos profundos, coincidente con las ideas de Vargas Llosa sobre los indígenas americanos y con su plataforma política derrotada por Fujimori en las elecciones peruanas de 1990. En 2008, un año antes del centenario de Juan Carlos Onetti (1909-1994), Vargas Llosa publicó El viaje a la ficción, un desprolijo y apresurado rejunte de ideas en torno a la obra de Onetti que puede resumirse en una sola: el autor de El astillero se salvó de la realidad del subdesarrollo (y del izquierdismo) latinoamericano escapándose de ella por medio de la ficción. Todos los escritores deberían hacer lo mismo, sugiere veladamente Varguitas. Había concluido lo mismo en su libro sobre Víctor Hugo, La tentación de lo imposible (2004).

El Vargas Llosa más neoliberal no está en sus novelas (que también): está en sus ensayos sobre otros escritores. Sus libros sobre Onetti, Arguedas, Víctor Hugo y su prólogo a los Cuentos completos de Julio Cortázar (1914-1984) son el resultado de su oportunismo político y literario. Sus falsamente nostálgicos recuerdos sobre Gabriel García Márquez de la semana pasada tienen la misma naturaleza cínica.

La importancia de ser honesto llevó a Wilde a la cárcel. La importancia de estar vivo (y los otros muertos) suele ubicar a Vargas Llosa en la unidireccional comodidad de la tribuna pública, desde donde le encanta tener la última incontrastable palabra de un Premio Nobel.