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Opinión
lunes 7 de agosto de 2017, 02:00

La enfermedad

Sergio Cáceres Mercado - sergio209@lycos.com
Por Sergio Cáceres Mercado

Somos una nación enferma. Sufrimos endémicamente de desigualdad social, ese gran mal que desde que nacimos como Estado heredamos de la colonia española y la seguimos reproduciendo hasta hoy con una eficacia envidiable. Muchos síntomas de esta enfermedad pueden percibirse por doquier, pero siguiendo con la analogía médica, un síntoma patognomónico (aquel que nos indica sin dudar la presencia de una enfermedad determinada) de que sufrimos de desigualdad social es la presencia de los campesinos agricultores en Asunción.

Una de las críticas que se hace a la medicina occidental es que ataca la enfermedad a través de sus síntomas, y no el cuerpo humano como un todo que debe ser sanado. Algo parecido ocurre cuando criticamos exasperadamente la causa de los campesinos que reclaman en nuestra capital creyendo que sus problemas son ajenos a los nuestros. Nuestra cortedad de miras proviene de nuestro egoísmo, lo que a su vez alimenta la negación hacia una comprensión sistémica del asunto, de que todos somos afectados por la misma enfermedad.

Hablo de egoísmo cuando preferimos que el problema de los demás no nos afecte. Es igual desviar la mirada al requerimiento del mendigo que pedir que los campesinos se manifiesten lejos de nosotros, sin molestarnos, sin importarnos si sus reivindicaciones son justas o no. Solo queremos que nos dejen tranquilos. Este egoísmo es justamente el mejor caldo de cultivo para crear una sociedad consumista, ciega ante la necesidad de los demás y solamente pendiente de saciar los deseos efímeros que el mercado presenta como necesidades haciéndome olvidar de cualquier valor humano.

Si vemos el problema campesino con un enfoque sistémico, nos daríamos cuenta que un conglomerado tan grande de compatriotas que, a su vez, tiene un impacto muy fuerte en nuestra economía nos afecta en todo sentido. No solo se resiente nuestra economía, sino también socialmente la oleada de migrantes que engrosan los cinturones de pobreza se acrecentarán. Así como cerramos nuestra ventanilla ante el limpiavidrios, queremos hacer lo mismo ante los miles de campesinos. La actitud es la misma, pero los efectos no. Tarde o temprano el fracaso del reclamo campesino golpeará a nuestras puertas.

Es preocupante nuestro encierro egoísta hacia la lucha social, pero más terrible nuestra insolidaridad hacia nuestros compatriotas, tan conectados a nosotros por lazos no solo territoriales, sino también de sangre y cultura. Se acercan demasiado a nosotros e interrumpen nuestra cotidianidad; mientras los políticos en el Ejecutivo y en el Legislativo hacen sus chanchullos a escondidas y entonces no les reclamamos porque lo hacen lejos de nuestra vista. Esta ceguera nos puede costar caro. La desigualdad social es al principio una enfermedad silenciosa, pero en su etapa terminal se manifiesta con ruido. Ya estamos empezando a oír sus estertores.